ANÉMONAS
Mañana burilada por las nieblas
tras una noche ardida en el espanto.
Te acompañé, ángel turbio,
a los mustios campos del dolor equivocado.
Desde tu refugio de anémonas marchitas
escuchamos juntos las sonoras caracolas
y los suspiros gozosos de las olas cuando estallan.
Ella (tú) blandía una espada de ecos rechazando mi lujuria,
denostando el trotecillo de los hipocampos azules.
Mientras la luz cenital de la mañana
se rasgaba entre corales sangrantes
y trataba de cubrir con sus lánguidas guedejas
los cuerpos frutales que estaban a punto de nacer,
nosotros recreábamos el mito eterno de otra carne,
la que rechaza la luz y el abismo ansía.
Cada frugal racimo de cuerpo débilmente iluminado,
cada roja flor de ausencia desgarrada,
van musitando en su desvaírse poético
lánguidas notas del piano de Bill Evans.
Arriba la venera flota, como esquife maculado
meciéndose entre cartílagos
y los restos del último naufragio.
Ah, tú y yo, amantes desprevenidos,
sustrato evanescente para el germinar de los dioses nuevos.
¿No advertís que Parsifal ya ha partido,
que la redención no es posible?
Corred, corramos, ingenuos enamorados,
ocupemos los últimos asientos del paquebote recién inaugurado.
Aún llegaríamos a tiempo para contemplar unidos
el último atardecer sobre el Mar de los Sargazos
y juntos morir en su eterno girar de caracola.
Mañana burilada por las nieblas
tras una noche ardida en el espanto.
Te acompañé, ángel turbio,
a los mustios campos del dolor equivocado.
Desde tu refugio de anémonas marchitas
escuchamos juntos las sonoras caracolas
y los suspiros gozosos de las olas cuando estallan.
Ella (tú) blandía una espada de ecos rechazando mi lujuria,
denostando el trotecillo de los hipocampos azules.
Mientras la luz cenital de la mañana
se rasgaba entre corales sangrantes
y trataba de cubrir con sus lánguidas guedejas
los cuerpos frutales que estaban a punto de nacer,
nosotros recreábamos el mito eterno de otra carne,
la que rechaza la luz y el abismo ansía.
Cada frugal racimo de cuerpo débilmente iluminado,
cada roja flor de ausencia desgarrada,
van musitando en su desvaírse poético
lánguidas notas del piano de Bill Evans.
Arriba la venera flota, como esquife maculado
meciéndose entre cartílagos
y los restos del último naufragio.
Ah, tú y yo, amantes desprevenidos,
sustrato evanescente para el germinar de los dioses nuevos.
¿No advertís que Parsifal ya ha partido,
que la redención no es posible?
Corred, corramos, ingenuos enamorados,
ocupemos los últimos asientos del paquebote recién inaugurado.
Aún llegaríamos a tiempo para contemplar unidos
el último atardecer sobre el Mar de los Sargazos
y juntos morir en su eterno girar de caracola.
Ilust.: “Anémonas”. Michel Koven: Photomyths.
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