Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
te busco, oscuridad, entre todas las cosas
de la casa, en todas las aristas y todos los
rincones, en alguna huella que se pudo haber
quedado entre el polvo, en el libro de los cuentos
que amortaja cual separador la flor que recogimos
aquella tarde de la acera, en el apretar los párpados
como si fuera ciego buscando el insignificante brillo
de los ojos que atesoran por necesidad los cuervos
en sus desdichados nidos,
en los granos de sal que le hacen falta a la sazón
de la comida comenzando por el apetito, en el
dulce serpentín del aroma del café oscuro como
noche y amargo como despertar vacío sin ti al
abrir la ventana y los ojos y la piel desnuda
a un viento que pasa y parece que ya ha sido
repartido y no nos acaricia
y que de él ya no nos toca nada,
te busco, luz, en las sombras de los fantasmas
que se forman en los ángulos de las paredes
y en el techo las noches de contar los cientos
de ovejas que brinca y se alejan de la verja de
los sueños, en los gritos y los truenos y las
maldiciones; en la bruja, en la baraja de mirar
la muerte, en la bola de cristal para mirar la suerte,
en el desamparo del videntes que ni por piedad
ha conocido la vergüenza de morir y revivir de amor
en cada noche, en cada despertar, en cada rato,
te busco porque extraño tu voz de amanecer
en calma después de la batalla santa sin perdón
y con bandera blanca, tu voz ¡carajo! tu voz de sirena
salvando los naufragios, tu voz de sonido al romper
el amanecer en trino colgado de los picos de sus pájaros
que como dique detiene el correr de éste río que soy
cuando recuerdo entre latidos el croar de tus caderas
mientras paso y humedezco las arenas finas de
tu piel de playa,
te extraño por que sí, ángel de mi claro oscuro,
te extraño porque se me da la gana, porque me duele
tu ausencia como astilla de cristal incrustada en la retina,
porque aún te sientes como arritmia, como aquel puñado
de avispas y festivas mariposas que tragué sin miedo,
sin pudor, sin gota de agua, el día que nos conocimos.
Due 20/04/2020 en la noche infinita de la cuarentena en la que el silencio de la ciudad se escucha como miedo al contagio, como ausencia de besos y abrazos, como el morderse los labios para no gritar que no te busco y que no me acerco porque hacerlo te pondría en riesgo.
de la casa, en todas las aristas y todos los
rincones, en alguna huella que se pudo haber
quedado entre el polvo, en el libro de los cuentos
que amortaja cual separador la flor que recogimos
aquella tarde de la acera, en el apretar los párpados
como si fuera ciego buscando el insignificante brillo
de los ojos que atesoran por necesidad los cuervos
en sus desdichados nidos,
en los granos de sal que le hacen falta a la sazón
de la comida comenzando por el apetito, en el
dulce serpentín del aroma del café oscuro como
noche y amargo como despertar vacío sin ti al
abrir la ventana y los ojos y la piel desnuda
a un viento que pasa y parece que ya ha sido
repartido y no nos acaricia
y que de él ya no nos toca nada,
te busco, luz, en las sombras de los fantasmas
que se forman en los ángulos de las paredes
y en el techo las noches de contar los cientos
de ovejas que brinca y se alejan de la verja de
los sueños, en los gritos y los truenos y las
maldiciones; en la bruja, en la baraja de mirar
la muerte, en la bola de cristal para mirar la suerte,
en el desamparo del videntes que ni por piedad
ha conocido la vergüenza de morir y revivir de amor
en cada noche, en cada despertar, en cada rato,
te busco porque extraño tu voz de amanecer
en calma después de la batalla santa sin perdón
y con bandera blanca, tu voz ¡carajo! tu voz de sirena
salvando los naufragios, tu voz de sonido al romper
el amanecer en trino colgado de los picos de sus pájaros
que como dique detiene el correr de éste río que soy
cuando recuerdo entre latidos el croar de tus caderas
mientras paso y humedezco las arenas finas de
tu piel de playa,
te extraño por que sí, ángel de mi claro oscuro,
te extraño porque se me da la gana, porque me duele
tu ausencia como astilla de cristal incrustada en la retina,
porque aún te sientes como arritmia, como aquel puñado
de avispas y festivas mariposas que tragué sin miedo,
sin pudor, sin gota de agua, el día que nos conocimos.
Due 20/04/2020 en la noche infinita de la cuarentena en la que el silencio de la ciudad se escucha como miedo al contagio, como ausencia de besos y abrazos, como el morderse los labios para no gritar que no te busco y que no me acerco porque hacerlo te pondría en riesgo.
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