Nat Guttlein
さん
Y en la decadencia de no perderte,
pude llorarte.
En cada pañuelo desechable,
escuchar los gritos de los recuerdos morir de a uno.
El retumbar de los pálpitos en la almohada.
Enterrar huracanes escondidos en las sábanas,
sonreír al ver la luz del sol
buscando un rincón sobre el cual entrar en la habitación.
He aprendido a dibujar demonios,
los de tus pesadillas
y los que aún en las mías,
suelen tararear tu nombre.
Sonido agudo y estrépito que repite,
el eco que olvidaste dentro de tu cartera favorita.
Los reflejos del espejo sobre el sofá,
los cuadros de la sala
y el cantar del ave de la mañana,
aún siguen dibujando marcas con forma a ti.
De las que me pinchan,
de las que me hacen olvidar toda la humedad nítida de mi agonía.
De las que aunque me arrastren al baño,
me hacen aliviar,
aquella herida llamada amor.
pude llorarte.
En cada pañuelo desechable,
escuchar los gritos de los recuerdos morir de a uno.
El retumbar de los pálpitos en la almohada.
Enterrar huracanes escondidos en las sábanas,
sonreír al ver la luz del sol
buscando un rincón sobre el cual entrar en la habitación.
He aprendido a dibujar demonios,
los de tus pesadillas
y los que aún en las mías,
suelen tararear tu nombre.
Sonido agudo y estrépito que repite,
el eco que olvidaste dentro de tu cartera favorita.
Los reflejos del espejo sobre el sofá,
los cuadros de la sala
y el cantar del ave de la mañana,
aún siguen dibujando marcas con forma a ti.
De las que me pinchan,
de las que me hacen olvidar toda la humedad nítida de mi agonía.
De las que aunque me arrastren al baño,
me hacen aliviar,
aquella herida llamada amor.