MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
Acercarse a la fuente
y atisbar lo infinito,
profundo, inmenso, inacabado,
hasta caer de golpe
encima de otros rostros
cubiertos de cenizas,
rostros que fueron sueños
y manos y besos y abrazos,
rostros que fueros niños
que de golpe crecieron
y se fueron temprano.
Abiertas las miradas y las bocas
en una bocanada interminable
que no llega a tocar ninguna puerta,
que no llega a rozar ninguna mano.
Cerrados los caminos por las balas
y hasta el cielo la sangre se dispara,
y es lluvia que no moja las pantallas.
Presas de un fuego oscuro
impune, sordo y despiadado,
perecen las infancias solitarias
a la espalda de un mundo distraído.
Moribunda palabra.
La esperanza.
Debajo de los velos
que enmarañan la costa
se amontonan las piedras
sobre todos los gritos
que sangran los desiertos crepitantes.
El odio es un torrente que todo lo destruye.
Y en la mesa radiante
más allá de los muros
se vierten los despojos
en la fuente dorada.
El genocida corta, parte y engulle
jirones de un ayer
ensombrecido.
y atisbar lo infinito,
profundo, inmenso, inacabado,
hasta caer de golpe
encima de otros rostros
cubiertos de cenizas,
rostros que fueron sueños
y manos y besos y abrazos,
rostros que fueros niños
que de golpe crecieron
y se fueron temprano.
Abiertas las miradas y las bocas
en una bocanada interminable
que no llega a tocar ninguna puerta,
que no llega a rozar ninguna mano.
Cerrados los caminos por las balas
y hasta el cielo la sangre se dispara,
y es lluvia que no moja las pantallas.
Presas de un fuego oscuro
impune, sordo y despiadado,
perecen las infancias solitarias
a la espalda de un mundo distraído.
Moribunda palabra.
La esperanza.
Debajo de los velos
que enmarañan la costa
se amontonan las piedras
sobre todos los gritos
que sangran los desiertos crepitantes.
El odio es un torrente que todo lo destruye.
Y en la mesa radiante
más allá de los muros
se vierten los despojos
en la fuente dorada.
El genocida corta, parte y engulle
jirones de un ayer
ensombrecido.
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