ANOCHE, EN EL PRIMER SUEÑO
Anoche, en el primer sueño, abrí el olvidado baúl
de mi pasado.
Entre los forros deformados y mohosos encontré viejos papeles,
notas de suicidio incumplidas,
cartas de amor con los bordes chamuscados y algún pétalo de rosa,
fotografías casi veladas
y amarillentos certificados matrimoniales ya prescritos.
Allí estaban, en glorioso revoltijo, como mi vida, las casas donde habité,
muebles desvencijados,
libros apenas leídos, historia entre nubes de polvo,
una boina grasienta
y latidos de amor auténtico, caducados,
guardados en una lata, junto a artículos de limpieza
de zapatos.
Materiales, como veis, nada épicos, nada que justifique una vida.
Yo buscaba los minutos felices, las horas ensoñadas junto a mujeres
que amé,
los días, los años que pasaron y no fueron,
como pájaros de paso.
Anoche, en el primer sueño, comprobé que aún no había vivido,
que mis glorias y mis días seguían inéditos, aunque no así mis fracasos,
en ese baúl desfondado.
Qué terrible pasadilla tuve durante el primer sueño.
Qué trágicas imágenes las de ser un vivo descarnado,
un corazón vacío sin freno ni marcha atrás.
Entre viejos cachivaches unos ojos de cristal con los iris de color
castaño claro.
Recordé en duermevela agitado.
Esos ojos, turbios, imprecisos, desgastados por el uso,
son los que siempre utilicé
para ver la vida a diario.
A diario y en las fiestas de guardar.
Mis ojos alterados, instrumentos de mi engaño voluntario.
Anoche, después del primer sueño, desvelado,
escribí otra nota de suicidio que, de nuevo, encontraré
algún día
entre viejos libros, una boina grasienta y algún pétalo de rosa.
En fin, las inútiles cosas que acumulé en mi pasado.
Ilust.: Hannah Hoch. “Gerhard Hauptmann”. Collage.
Anoche, en el primer sueño, abrí el olvidado baúl
de mi pasado.
Entre los forros deformados y mohosos encontré viejos papeles,
notas de suicidio incumplidas,
cartas de amor con los bordes chamuscados y algún pétalo de rosa,
fotografías casi veladas
y amarillentos certificados matrimoniales ya prescritos.
Allí estaban, en glorioso revoltijo, como mi vida, las casas donde habité,
muebles desvencijados,
libros apenas leídos, historia entre nubes de polvo,
una boina grasienta
y latidos de amor auténtico, caducados,
guardados en una lata, junto a artículos de limpieza
de zapatos.
Materiales, como veis, nada épicos, nada que justifique una vida.
Yo buscaba los minutos felices, las horas ensoñadas junto a mujeres
que amé,
los días, los años que pasaron y no fueron,
como pájaros de paso.
Anoche, en el primer sueño, comprobé que aún no había vivido,
que mis glorias y mis días seguían inéditos, aunque no así mis fracasos,
en ese baúl desfondado.
Qué terrible pasadilla tuve durante el primer sueño.
Qué trágicas imágenes las de ser un vivo descarnado,
un corazón vacío sin freno ni marcha atrás.
Entre viejos cachivaches unos ojos de cristal con los iris de color
castaño claro.
Recordé en duermevela agitado.
Esos ojos, turbios, imprecisos, desgastados por el uso,
son los que siempre utilicé
para ver la vida a diario.
A diario y en las fiestas de guardar.
Mis ojos alterados, instrumentos de mi engaño voluntario.
Anoche, después del primer sueño, desvelado,
escribí otra nota de suicidio que, de nuevo, encontraré
algún día
entre viejos libros, una boina grasienta y algún pétalo de rosa.
En fin, las inútiles cosas que acumulé en mi pasado.
Ilust.: Hannah Hoch. “Gerhard Hauptmann”. Collage.