ivoralgor
Poeta fiel al portal
En tus manos mustias se concentra el olor a muerte,
el fuego atraviesa la solana inquietud de la verdad,
no dejes que mi lengua exude el temor que tengo a la soledad.
En mis ojos muere tu recuerdo tatuado en el alma,
la caricia ciega de tu boca no aloja esperanza,
discierne entre lo malo y lo peor.
No dejes que nazca un gemido bruto,
un jadeo carcomido,
mejor morir en el olvido de tus lágrimas tardías.
Atravesando el umbral del infierno me encuentro,
no quería dejar de lado tu voz de añeja alabanza amatoria,
no juzgues la quietud de la soledad que entra por los pies,
el frío que cala la médula de la pasión.
En mis ojos mueres, lento, angustiosa, impotente;
es mejor estar solo y sin abrigo,
mejor que cuando se olvida un verso de amor
que escribí antaño, cuando te estabas tatuando en el alma.
En mí, creo, estoy seguro, no recuerdo tu nombre,
pero sí el calor de tu cuerpo, la voz que jadeaba en las entrañas,
la sal de la piel apiñada a la pasión de mi sexo,
los cabellos que se entrelazaba en los dedos temblorosos.
Estoy seguro de las noches de éxtasis obnubilado,
de tus uñas cincelando surcos en la espalda,
las lágrimas que surcaban las mejillas y que destilaban las sábanas,
del girasol envuelto en tus ojos desbordados de amor,
pero no recuerdo tu nombre.
el fuego atraviesa la solana inquietud de la verdad,
no dejes que mi lengua exude el temor que tengo a la soledad.
En mis ojos muere tu recuerdo tatuado en el alma,
la caricia ciega de tu boca no aloja esperanza,
discierne entre lo malo y lo peor.
No dejes que nazca un gemido bruto,
un jadeo carcomido,
mejor morir en el olvido de tus lágrimas tardías.
Atravesando el umbral del infierno me encuentro,
no quería dejar de lado tu voz de añeja alabanza amatoria,
no juzgues la quietud de la soledad que entra por los pies,
el frío que cala la médula de la pasión.
En mis ojos mueres, lento, angustiosa, impotente;
es mejor estar solo y sin abrigo,
mejor que cuando se olvida un verso de amor
que escribí antaño, cuando te estabas tatuando en el alma.
En mí, creo, estoy seguro, no recuerdo tu nombre,
pero sí el calor de tu cuerpo, la voz que jadeaba en las entrañas,
la sal de la piel apiñada a la pasión de mi sexo,
los cabellos que se entrelazaba en los dedos temblorosos.
Estoy seguro de las noches de éxtasis obnubilado,
de tus uñas cincelando surcos en la espalda,
las lágrimas que surcaban las mejillas y que destilaban las sábanas,
del girasol envuelto en tus ojos desbordados de amor,
pero no recuerdo tu nombre.