DIEGO
Poeta adicto al portal
Añoro los días del sol estrellándose en el rostro ávido de sensaciones nuevas.
Tiempos en los que las preocupaciones quedaban años luz de nuestra realidad, más cercana a la fantasía hollywoodense que a la vida real.
Me declaro nostálgico de aquellas noches rociadas de aventuras desconocidas y de incipientes finales inesperados. Las palabras rodando por nuestros oídos que ni siquiera prestaban atención a las cuestiones que nos convenían.
La sonrisa ancha de mi padre intentando trabarse en lucha con la seriedad del hijo parco. La carcajada contagiosa de mi madre celebrando algún comentario oportunamente manifestado.
Las mañanas de domingo que se hacían largas, retozando en desorientadas camas, cómplices obligadas de risas y algún reto inoportuno. A veces, el desayuno delivery que las manos complacientes de mi madre acercaban presurosas para que no se enfriara. Los anchos patios de la infancia que albergaban la parrilla incendiada del manjar de los dioses: el asado. Cocido por las expertas manos de mi padre y su sapiencia culinaria. Eran tiempos amables, condescendientes y maravillosos. No entendíamos que hubiese otra realidad más que aquella.
Sé que la vida transcurre, cambia, incomoda. Que no hay que quedarse estancado en las vivencias pasadas, prendidos en lugares y situaciones que sólo existen en nuestra memoria, que hay que cerrar círculos. Cada tanto, me cuesta aceptar que ya no pertenecemos a aquellos lugares en los que fuimos tan felices. Daría todo lo que tengo, todo lo que soy, por revivir sólo cinco minutos de aquel paraíso; que moriría por trocar estas lágrimas amargas que me obsequió la vida sin yo pedirlo, por aquellas otras, producto del juego interminable en la arena dorada del verano familiar. En ocasiones, se revelan mis recuerdos y se abalanzan sin permiso sobre mis sentimientos.
Todo pasa, claro, también pasarán estas sensaciones ávidas de paraísos lejanos para acomodarme nuevamente en el presente, en el que deberé encontrar la belleza de la alegría por mis propios medios, lejos de la que nos servían en bandeja nuestros padres. Crecer, en definitiva, el boleto que cada día nos exige pagar la vida para poder recorrerla “libremente”.
La buena noticia es, que todavía tenemos dónde buscar algo de aquel sabor dulce que los recuerdos lentos nos traen al presente. Probablemente, en unos años; añoraré esta posibilidad de seguir buscando, aún a riesgo de encontrar poquito. La habilidad radicará en lograr que me parezca suficiente.
Tiempos en los que las preocupaciones quedaban años luz de nuestra realidad, más cercana a la fantasía hollywoodense que a la vida real.
Me declaro nostálgico de aquellas noches rociadas de aventuras desconocidas y de incipientes finales inesperados. Las palabras rodando por nuestros oídos que ni siquiera prestaban atención a las cuestiones que nos convenían.
La sonrisa ancha de mi padre intentando trabarse en lucha con la seriedad del hijo parco. La carcajada contagiosa de mi madre celebrando algún comentario oportunamente manifestado.
Las mañanas de domingo que se hacían largas, retozando en desorientadas camas, cómplices obligadas de risas y algún reto inoportuno. A veces, el desayuno delivery que las manos complacientes de mi madre acercaban presurosas para que no se enfriara. Los anchos patios de la infancia que albergaban la parrilla incendiada del manjar de los dioses: el asado. Cocido por las expertas manos de mi padre y su sapiencia culinaria. Eran tiempos amables, condescendientes y maravillosos. No entendíamos que hubiese otra realidad más que aquella.
Sé que la vida transcurre, cambia, incomoda. Que no hay que quedarse estancado en las vivencias pasadas, prendidos en lugares y situaciones que sólo existen en nuestra memoria, que hay que cerrar círculos. Cada tanto, me cuesta aceptar que ya no pertenecemos a aquellos lugares en los que fuimos tan felices. Daría todo lo que tengo, todo lo que soy, por revivir sólo cinco minutos de aquel paraíso; que moriría por trocar estas lágrimas amargas que me obsequió la vida sin yo pedirlo, por aquellas otras, producto del juego interminable en la arena dorada del verano familiar. En ocasiones, se revelan mis recuerdos y se abalanzan sin permiso sobre mis sentimientos.
Todo pasa, claro, también pasarán estas sensaciones ávidas de paraísos lejanos para acomodarme nuevamente en el presente, en el que deberé encontrar la belleza de la alegría por mis propios medios, lejos de la que nos servían en bandeja nuestros padres. Crecer, en definitiva, el boleto que cada día nos exige pagar la vida para poder recorrerla “libremente”.
La buena noticia es, que todavía tenemos dónde buscar algo de aquel sabor dulce que los recuerdos lentos nos traen al presente. Probablemente, en unos años; añoraré esta posibilidad de seguir buscando, aún a riesgo de encontrar poquito. La habilidad radicará en lograr que me parezca suficiente.
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