Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Ansío ir contra el viento, abrirlo en dos en un sueño de tajamar; rodar por el drenaje de tus manos, ser una hoja o cualquier pequeñez a instancias de tu deseo. Ansío los recovecos que las sombras protegían al otro lado de una vela alguna noche. Recostarme sobre el pasto, avizorar mundos incomprensibles entre las nubes, rostros, señales e hilos de plata cayendo como antiguas cortinas de almacén. Ansío el aquel ansiar el porvenir, el barro fresco y los peldaños, la hora de la siesta, el silencio amigable. El perfil de tu cara de cuando aún no te conocía, y es que sin ese recuerdo hoy no serías nada o yo no existiría. Los espejos por donde pude haber entrado o salido, quién sabe, mi torpeza exagerada de toda la vida; ansío la luz descomponiéndose a través de los biseles, como un si un helado de cuatro sabores entonces acabara de derramarse sobre el piso. La certeza de la calma después de la tormenta como un designio. Ansío encontrarte porque es como que así siempre ha sido; y vencer otra vez, allá lánguidas en el jardín, a las fieras tres veces más grandes que mi cuerpo. Ansío, cómo ansío no haber ansiado nunca nada, como si hoy mismo pudiera despertar sin recuerdos, nacer todo el tiempo. Y si el agua, a chorros locos por los grifos inunda las veredas con un llanto intempestivo, es que habría sido preferible no esperar nada a haber aprendido a esperar. Y es que de todo lo aprendido, me quedo con lo que nunca pude saber. Eso quiero de vos, la mirada que me ha descubierto.