Alex Courant
Poeta adicto al portal
Ante el creciente crepitar de una llama
puede el viento formar serpenteantes alebrijes,
hilos deshilvanar de melancolía,
recalentar la duda
o arropar la modorra.
Puede, con una auténtica sarna,
hacer danzar morosos faunos,
hacer cojear, de un solo pie, a brujas deudoras,
hacer inconfensables a las ánimas
o hipotecar el sexo oculto de las sirenas.
Puede, de intransigente y momentáneo,
convertirnos en ávidos caníbales,
en ignorados náufragos de la memoria,
en sombras que copulan con su sombra
o en vagos asesinos e idénticos torturadores
de la palabra misma.
Puede, como sumar uno más uno,
dejar a nuestra vida en una incógnita,
poner en un paréntesis el vahído del corazón
y restar, sin piedad, al amor del odio.
Ante el creciente crepitar de una llama
puede el viento, con voz más auténtica,
hablarnos del silencio mundanamente
y hacernos ver pasar el tiempo
ante los ojos nuestros, bustos orbiculares,
hechos con la ceniza que no olvida la noche.
.
puede el viento formar serpenteantes alebrijes,
hilos deshilvanar de melancolía,
recalentar la duda
o arropar la modorra.
Puede, con una auténtica sarna,
hacer danzar morosos faunos,
hacer cojear, de un solo pie, a brujas deudoras,
hacer inconfensables a las ánimas
o hipotecar el sexo oculto de las sirenas.
Puede, de intransigente y momentáneo,
convertirnos en ávidos caníbales,
en ignorados náufragos de la memoria,
en sombras que copulan con su sombra
o en vagos asesinos e idénticos torturadores
de la palabra misma.
Puede, como sumar uno más uno,
dejar a nuestra vida en una incógnita,
poner en un paréntesis el vahído del corazón
y restar, sin piedad, al amor del odio.
Ante el creciente crepitar de una llama
puede el viento, con voz más auténtica,
hablarnos del silencio mundanamente
y hacernos ver pasar el tiempo
ante los ojos nuestros, bustos orbiculares,
hechos con la ceniza que no olvida la noche.
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