OvejaNegra
Poeta recién llegado
Comenzaron ambos a buscarse la verdad y la intención en las pupilas. Al ritmo de la vida y de la música, danzaban borrachos de deseo y con hambre de vivir intensamente, como queriendo ridiculizar cualquier ficción que existiera. Y sus caderas ondulaban de lado a lado, y sus manos se encontraban de tanto en tanto, reafirmando la extraña y firme confianza que existía entre ellos casi por arte de magia.
El olor de su piel servía como droga afrodisíaca y sentía, por momentos, que podría existir sin cualquiera de sus otros sentidos. Al menos hasta que fue consciente del tacto: la textura de sus rizos y el calor que percibía a través de sus dedos cuando rodeaba su cintura al compás de la diversión y el inocente juego de atracción que les servía de lenguaje.
Ella, siendo consciente o no, despertaba cada rincón del interior de aquel muchacho. Cada una de sus expresiones, cada una de sus miradas, quedaban grabadas en el recuerdo de su compañero de baile. Y él, conociendo las miserias y las virtudes de la vida, atesoraba absolutamente todos aquellos instantes y emociones, y las sembraba en lo más profundo de su espíritu, con la esperanza de que algún día brotara de aquello un jardín de alegría y soles de primavera que visitar cuando olvidara por qué debía amar la vida.
De sus bocas se percibían solamente risas compaginadas y suspiros cómplices en perfecta sincronía. Ni una sola palabra. Y sin embargo, conversaban y se conocían cada vez más. Y cuánto más se conocían, más se dejaban llevar y se perdían en la música como si pretendieran no volver nunca a la realidad que habían conocido hasta aquel momento. Habían mencionado otras veces cómo percibían el transcurso de los días, y en esa danza de felicidad, fueron fieles a ese principio. Ambos conocían una verdad tan terrorífica como liberadora: el tiempo no existe. Y para ellos, para cada uno de sus pasos en aquella habitación, el tiempo no existió jamás. El ahora gobernó cada ademán y cada pensamiento.
El poder y la fuerza de los actos y de la actitud de ella le arrancaban de cuajo todas las incertidumbres y miedos e inseguridades y redujeron todas sus posibilidades a una.
Así comprendió, para siempre, que debía ser imperativo liberarse de toda vergüenza y abrazar la valentía y el coraje como virtudes innegociables que debía perseguir y utilizar para poder expresarse genuinamente y vivir en calma consigo mismo.
El olor de su piel servía como droga afrodisíaca y sentía, por momentos, que podría existir sin cualquiera de sus otros sentidos. Al menos hasta que fue consciente del tacto: la textura de sus rizos y el calor que percibía a través de sus dedos cuando rodeaba su cintura al compás de la diversión y el inocente juego de atracción que les servía de lenguaje.
Ella, siendo consciente o no, despertaba cada rincón del interior de aquel muchacho. Cada una de sus expresiones, cada una de sus miradas, quedaban grabadas en el recuerdo de su compañero de baile. Y él, conociendo las miserias y las virtudes de la vida, atesoraba absolutamente todos aquellos instantes y emociones, y las sembraba en lo más profundo de su espíritu, con la esperanza de que algún día brotara de aquello un jardín de alegría y soles de primavera que visitar cuando olvidara por qué debía amar la vida.
De sus bocas se percibían solamente risas compaginadas y suspiros cómplices en perfecta sincronía. Ni una sola palabra. Y sin embargo, conversaban y se conocían cada vez más. Y cuánto más se conocían, más se dejaban llevar y se perdían en la música como si pretendieran no volver nunca a la realidad que habían conocido hasta aquel momento. Habían mencionado otras veces cómo percibían el transcurso de los días, y en esa danza de felicidad, fueron fieles a ese principio. Ambos conocían una verdad tan terrorífica como liberadora: el tiempo no existe. Y para ellos, para cada uno de sus pasos en aquella habitación, el tiempo no existió jamás. El ahora gobernó cada ademán y cada pensamiento.
El poder y la fuerza de los actos y de la actitud de ella le arrancaban de cuajo todas las incertidumbres y miedos e inseguridades y redujeron todas sus posibilidades a una.
Así comprendió, para siempre, que debía ser imperativo liberarse de toda vergüenza y abrazar la valentía y el coraje como virtudes innegociables que debía perseguir y utilizar para poder expresarse genuinamente y vivir en calma consigo mismo.