Caída a los pies de un cerro
Antequera espera.
La tarde roja,
la sombra de los pinos,
el aire gris de los olivos,
la respiración de las adelfas en agosto.
Blanca y silenciosa
arropada por el sol,
con lunares de olivos
monótonos y suaves
que se extienden
anegando toda la tierra.
El pueblo , con sombra ahora
brilla callado
dejándose ver
desde lejos, por las culebras
los pájaros y los coches.
Enredándose en los sueños
vuela libre
en el corazón de los que la ven,
la sueñan desde lejos
sin ni siquiera pisar sus adoquines.
En los pensamientos
se multiplica, vive,
y es muchas veces
la musa de los que sin pisarla
la desean,
la mujer de los que en ella viven,
en cuadro inquieto,
y suspiros.
Antequera espera.
La tarde roja,
la sombra de los pinos,
el aire gris de los olivos,
la respiración de las adelfas en agosto.
Blanca y silenciosa
arropada por el sol,
con lunares de olivos
monótonos y suaves
que se extienden
anegando toda la tierra.
El pueblo , con sombra ahora
brilla callado
dejándose ver
desde lejos, por las culebras
los pájaros y los coches.
Enredándose en los sueños
vuela libre
en el corazón de los que la ven,
la sueñan desde lejos
sin ni siquiera pisar sus adoquines.
En los pensamientos
se multiplica, vive,
y es muchas veces
la musa de los que sin pisarla
la desean,
la mujer de los que en ella viven,
en cuadro inquieto,
y suspiros.