Isidro Dichter
Poeta recién llegado
Cae la noche; el cielo sirio arde rojo y refulgente;
emboza el viento gritos de socorro, ya distantes.
Hombres embozados vierten sangre nuevamente;
clama a Cristo una mujer, su cuello al filo de un alfanje.
Como ella hay otros cien. Serán pasados por las armas.
Su crimen fue creer en Cristo, ser católicos asirios.
Antes de morir, serán violadas otras diez mujeres,
Viene impune un nuevo crimen, viene un nuevo genocidio.
Y nadie viene en su auxilio; salvo Dios, quizás, tras su martirio.
Miles desplazados, cien iglesias han sido incendiadas.
Secularizada y laica, Europa desoye a sus primos en Cristo;
¡es que le avergüenzan el medioevo y Las Cruzadas!
Y otras prioridades tiene (apremia más el matrimonio gay),
hay leve inflación y no hay derechos para el transexual.
¡Qué importa el cristiano degollado como un buey!
Total, él no aprobaría de dicha ley matrimonial.
Indeciso e inseguro, el pusilánime occidental
no sabe qué sentir. Pero, ¿acaso es de su incumbencia?
Mejor rehuye al desconcierto -mejor cambia de canal,
y baña el alma en una sátira y se distrae en la comedia.
Aquí, seguro, en su feliz palacio blanco de marfil,
lejos de esa guerra (culpa, al fin -¿verdad?- de religiones),
él es civilizado; y es un pobre diablo el iraquí,
que aún cree en religión y pone su confianza en dioses.
No son de su incumbencia tales hechos, no. Total,
no sea que comprometa su lujo, el lujo de ser ateo;
el lujo de no sentir en carne propia aquel horrible mal;
el lujo de sentirse superior y ajeno a todo aquello.
emboza el viento gritos de socorro, ya distantes.
Hombres embozados vierten sangre nuevamente;
clama a Cristo una mujer, su cuello al filo de un alfanje.
Como ella hay otros cien. Serán pasados por las armas.
Su crimen fue creer en Cristo, ser católicos asirios.
Antes de morir, serán violadas otras diez mujeres,
Viene impune un nuevo crimen, viene un nuevo genocidio.
Y nadie viene en su auxilio; salvo Dios, quizás, tras su martirio.
Miles desplazados, cien iglesias han sido incendiadas.
Secularizada y laica, Europa desoye a sus primos en Cristo;
¡es que le avergüenzan el medioevo y Las Cruzadas!
Y otras prioridades tiene (apremia más el matrimonio gay),
hay leve inflación y no hay derechos para el transexual.
¡Qué importa el cristiano degollado como un buey!
Total, él no aprobaría de dicha ley matrimonial.
Indeciso e inseguro, el pusilánime occidental
no sabe qué sentir. Pero, ¿acaso es de su incumbencia?
Mejor rehuye al desconcierto -mejor cambia de canal,
y baña el alma en una sátira y se distrae en la comedia.
Aquí, seguro, en su feliz palacio blanco de marfil,
lejos de esa guerra (culpa, al fin -¿verdad?- de religiones),
él es civilizado; y es un pobre diablo el iraquí,
que aún cree en religión y pone su confianza en dioses.
No son de su incumbencia tales hechos, no. Total,
no sea que comprometa su lujo, el lujo de ser ateo;
el lujo de no sentir en carne propia aquel horrible mal;
el lujo de sentirse superior y ajeno a todo aquello.