DIEGO
Poeta adicto al portal
Hoy se me antojan tus ojos dos diamantes en bruto que brillan solo para mí.
Se me antojan tus manos dos palomas que vuelan por mi espalda hasta la nuca, para matar mis pensamientos puros y transformarlos en impuras gotas. Gotas que al derrapar por tus mejillas se cristalicen en caudaloso río. Pero hoy se me antoja tener sed.
Se me antoja también que mis dedos se olviden de las letras, para ensortijarse en la tibieza de tu vientre. Y que pase lo que tenga que pasar. O lo que quieras. Si quieres.
Da lo mismo. A mi antojo se le ocurre todo bien.
Hoy se me antoja quedarme indefenso a tus manías. Se me antoja también un cielo púrpura. Una pared de crisantemos deslumbrantes.
Se me antoja decir ¡basta!, ¡silencio! y ¡hazlo! Gritar ¡no temas! ¡Miente una vez! , ¡golpea fuerte!
Recorrer el laberinto del fausto sin ayuda. Que me mientas te quieros y no me dejes.
Mirarte y no verme reflejado. Se me antoja cantarte lunas nuevas y encontrarte un amor de plenilunio.
Quiero poner en la balanza tu desidia y mis ganas de quererte. Y negarme a creer que se equilibren. Se me antoja cagarme en el destino. Matar a los que matan por matar. A los hijos de puta que te odian. A los malparidos que te aman.
Hoy se me antoja que todo mi mundo se reduce a un antojo. También se me ocurre estar contigo en ese minúsculo rincón de cordura que habita en mi cerebro, para dar rienda suelta a esta paranoia que provocas. Total, hoy todo vale. Ese es mi antojo.
Quiero besarte sin que me los devuelvas. Tocarte haciendo caso omiso del rubor. Quiero oírte gritar. Gritar con todos los sentidos. Gritar a gritos desgarrados, gritos de amor, de rabia, de gozo y de venganza. Quiero oírte rugir.
Se me ocurre obligarte a emprender aquel camino que la pacatería te prohíbe.
Absorber lentamente el néctar de dulce cuello tembloroso. Donde cadena y lengua se confundan.
Se me antoja que el aire sea cómplice. Y mi último antojo: que por tanta herejía nos condenen a perpetua repetición de los antojos. Condena de por vida, de por muerte.
Hoy se me antoja quererte como nunca.
Se me antojan tus manos dos palomas que vuelan por mi espalda hasta la nuca, para matar mis pensamientos puros y transformarlos en impuras gotas. Gotas que al derrapar por tus mejillas se cristalicen en caudaloso río. Pero hoy se me antoja tener sed.
Se me antoja también que mis dedos se olviden de las letras, para ensortijarse en la tibieza de tu vientre. Y que pase lo que tenga que pasar. O lo que quieras. Si quieres.
Da lo mismo. A mi antojo se le ocurre todo bien.
Hoy se me antoja quedarme indefenso a tus manías. Se me antoja también un cielo púrpura. Una pared de crisantemos deslumbrantes.
Se me antoja decir ¡basta!, ¡silencio! y ¡hazlo! Gritar ¡no temas! ¡Miente una vez! , ¡golpea fuerte!
Recorrer el laberinto del fausto sin ayuda. Que me mientas te quieros y no me dejes.
Mirarte y no verme reflejado. Se me antoja cantarte lunas nuevas y encontrarte un amor de plenilunio.
Quiero poner en la balanza tu desidia y mis ganas de quererte. Y negarme a creer que se equilibren. Se me antoja cagarme en el destino. Matar a los que matan por matar. A los hijos de puta que te odian. A los malparidos que te aman.
Hoy se me antoja que todo mi mundo se reduce a un antojo. También se me ocurre estar contigo en ese minúsculo rincón de cordura que habita en mi cerebro, para dar rienda suelta a esta paranoia que provocas. Total, hoy todo vale. Ese es mi antojo.
Quiero besarte sin que me los devuelvas. Tocarte haciendo caso omiso del rubor. Quiero oírte gritar. Gritar con todos los sentidos. Gritar a gritos desgarrados, gritos de amor, de rabia, de gozo y de venganza. Quiero oírte rugir.
Se me ocurre obligarte a emprender aquel camino que la pacatería te prohíbe.
Absorber lentamente el néctar de dulce cuello tembloroso. Donde cadena y lengua se confundan.
Se me antoja que el aire sea cómplice. Y mi último antojo: que por tanta herejía nos condenen a perpetua repetición de los antojos. Condena de por vida, de por muerte.
Hoy se me antoja quererte como nunca.