carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
Apuñalada su garganta, 1541
Fue en Lima, una tarde del 26 de junio.
La muerte lo velaba como se vela en las conspiraciones.
Llegó el grupo de almagristas con puñales
punzantes y obedientes y preguntaron por él
y Alcántara, su medio hermano, los buscaron
por las recámaras y los pasillos del Palacio
de Gobierno y eran unos veinte perros alevosos
y la saliva del rencor sería deber cumplido,
se escurría por paredes, descendía por escaleras
husmeando sus olores, con entrenado olfato.
Y, al fin, mataron a invitados que no huyeron;
Alcántara, en la puerta, agonizaba
y el aposento se abrió. Como siempre, peleaba
este chacal, Pizarro, el verdugo predilecto
de Pedrarias, Francisco, hijo de la criada
y bastardo de Gonzalo.
Bien dijo el aspirante Diego que él no sabe gobernar
en rigor; él funda pueblos y mata. Francisco
es creyente de Curacas y el asesino de ellos
(es que parece nacido para éso: para creer
y destruir al mismo tiempo). Para matar a quienes
le llaman, a él y sus marinos, Niños del Sol.
Al fin, lo vio un cuchillo de la muerte.
Una espada que alguna vez resplandeció en el Biru
como los ojos de él cuando trazó la línea
para trece afamados el destino, repartindose
el mundo americano... Fue en Isla del Gallo
donde nació esa braveza por Castilla,
allí donde olvidó sus miserias de extremeño;
desde entonces, supo lo que será:
fiel asesino, bravo castellano.
Mas quien a hierro mata, a hierro muere
y han venido a buscarlo, cuando ya está viejo,
casi 70 años y, siempre con el sable a la cintura,
e invocando a Cristo. Y la Sagrada Espada
falló en la escapatoria; no la pudo extraer
como quería, pese a que mató al menos dos
de aquellos invasores. Esta vez un cuchillo
se metió en su gaganta y, apena tuvo tiempo
de saber despedirse con el justo respiro
sobre el piso. Con su propia sangre
pintó su cruz de muerte.
22-02-1981 / Indice: Lope de Aguirre
Fue en Lima, una tarde del 26 de junio.
La muerte lo velaba como se vela en las conspiraciones.
Llegó el grupo de almagristas con puñales
punzantes y obedientes y preguntaron por él
y Alcántara, su medio hermano, los buscaron
por las recámaras y los pasillos del Palacio
de Gobierno y eran unos veinte perros alevosos
y la saliva del rencor sería deber cumplido,
se escurría por paredes, descendía por escaleras
husmeando sus olores, con entrenado olfato.
Y, al fin, mataron a invitados que no huyeron;
Alcántara, en la puerta, agonizaba
y el aposento se abrió. Como siempre, peleaba
este chacal, Pizarro, el verdugo predilecto
de Pedrarias, Francisco, hijo de la criada
y bastardo de Gonzalo.
Bien dijo el aspirante Diego que él no sabe gobernar
en rigor; él funda pueblos y mata. Francisco
es creyente de Curacas y el asesino de ellos
(es que parece nacido para éso: para creer
y destruir al mismo tiempo). Para matar a quienes
le llaman, a él y sus marinos, Niños del Sol.
Al fin, lo vio un cuchillo de la muerte.
Una espada que alguna vez resplandeció en el Biru
como los ojos de él cuando trazó la línea
para trece afamados el destino, repartindose
el mundo americano... Fue en Isla del Gallo
donde nació esa braveza por Castilla,
allí donde olvidó sus miserias de extremeño;
desde entonces, supo lo que será:
fiel asesino, bravo castellano.
Mas quien a hierro mata, a hierro muere
y han venido a buscarlo, cuando ya está viejo,
casi 70 años y, siempre con el sable a la cintura,
e invocando a Cristo. Y la Sagrada Espada
falló en la escapatoria; no la pudo extraer
como quería, pese a que mató al menos dos
de aquellos invasores. Esta vez un cuchillo
se metió en su gaganta y, apena tuvo tiempo
de saber despedirse con el justo respiro
sobre el piso. Con su propia sangre
pintó su cruz de muerte.
22-02-1981 / Indice: Lope de Aguirre