Abraham Ferreira Khalil
Poeta recién llegado
(A don José Antonio Labordeta,con toda mi admiración y mis más sinceros respetos).
Llovía.
Y las ráfagas terribles del otoño
invadían la carne del silencio
-como quemaduras embadurnadas con sal-
en el sueño letal de las constelaciones.
Llovía.
Y tu vida se estremecía
como el eco del loco allí en los llanos
de aquella tarde empolvada de septiembre.
Nos dejaste tu voz sonora como el cielo;
nos dejaste tu canto forjado en los astros;
nos dejaste la bruma serpenteante
y tus consejos amables de abuelo
sopesados en la encrucijada de las balanzas.
Y ahora nos parece recordarte
en esa llaga viva hecha obsequio,
en ese balanceo de los montes,
en esas palabras de perfiles invisibles...
Y ahora nos parece recordarte
en las gotas que dejan caer las sombras
y en la materia amarga del pasado.
Un instante bastó
para empujarte a los valles de la angustia
con las alas erguidas del espanto,
máquina maldita de hacer lágrimas.
Llovía.
Y las borrascas incansables del olvido
te empujaron con ellas,
te arrastraron con ellas, a las heridas dulces de las rocas,
donde el vértigo ensaya sus monólogos,
donde los horizontes se abalanzan
sobre la estela infantil de los océanos.
Ahora nos parece recordarte
en la estatua bañada por la amanecida,
en los versos dormidos en los charcos,
en las voces de hierba y justicia.
Ahora parece que te recordamos
en los párpados que la brisa estremece
y en la colmena inquieta de nuestro pensamiento.
© Abraham Ferreira Khalil
Llovía.
Y las ráfagas terribles del otoño
invadían la carne del silencio
-como quemaduras embadurnadas con sal-
en el sueño letal de las constelaciones.
Llovía.
Y tu vida se estremecía
como el eco del loco allí en los llanos
de aquella tarde empolvada de septiembre.
Nos dejaste tu voz sonora como el cielo;
nos dejaste tu canto forjado en los astros;
nos dejaste la bruma serpenteante
y tus consejos amables de abuelo
sopesados en la encrucijada de las balanzas.
Y ahora nos parece recordarte
en esa llaga viva hecha obsequio,
en ese balanceo de los montes,
en esas palabras de perfiles invisibles...
Y ahora nos parece recordarte
en las gotas que dejan caer las sombras
y en la materia amarga del pasado.
Un instante bastó
para empujarte a los valles de la angustia
con las alas erguidas del espanto,
máquina maldita de hacer lágrimas.
Llovía.
Y las borrascas incansables del olvido
te empujaron con ellas,
te arrastraron con ellas, a las heridas dulces de las rocas,
donde el vértigo ensaya sus monólogos,
donde los horizontes se abalanzan
sobre la estela infantil de los océanos.
Ahora nos parece recordarte
en la estatua bañada por la amanecida,
en los versos dormidos en los charcos,
en las voces de hierba y justicia.
Ahora parece que te recordamos
en los párpados que la brisa estremece
y en la colmena inquieta de nuestro pensamiento.
© Abraham Ferreira Khalil
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