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Aquel trueno

penabad57

Poeta veterano en el portal
En el tambor del cristal el viento golpea con el ritmo alegre de una música que hace vibrar la piel transparente de la ventana donde ya no se refleja mi rostro al no persistir la claridad que trajo el alba a mi habitación oscura. Aquí el silencio se hace sombra y pinta en la pared nubes de soledad, cúmulos grises con silueta de bosque, fantasmagoría de borrasca en mis ojos que ven la lluvia como si de ellos brotara un alud de agua bajo la inútil techumbre de los párpados. Regresa el niño que fui al temor de las cicatrices azules en la algodonosa matriz donde ya no está el púrpura que antecede al esférico sol del amanecer, la mañana es un relámpago voraz y el trueno un susurro de ángeles sordos que asusta a la memoria pues sus voces llegan con el timbal ardiente de una algarabía estentórea que recuerda al frenesí ronco del aleteo de una bandada de gorriones que unen sus arpegios múltiples para que en el oído infantil una única nota estalle con estruendo de volcán en la omnímoda paz de los tímpanos.
 
En el tambor del cristal el viento golpea con el ritmo alegre de una música que hace vibrar la piel transparente de la ventana donde ya no se refleja mi rostro al no persistir la claridad que trajo el alba a mi habitación oscura. Aquí el silencio se hace sombra y pinta en la pared nubes de soledad, cúmulos grises con silueta de bosque, fantasmagoría de borrasca en mis ojos que ven la lluvia como si de ellos brotara un alud de agua bajo la inútil techumbre de los párpados. Regresa el niño que fui al temor de las cicatrices azules en la algodonosa matriz donde ya no está el púrpura que antecede al esférico sol del amanecer, la mañana es un relámpago voraz y el trueno un susurro de ángeles sordos que asusta a la memoria pues sus voces llegan con el timbal ardiente de una algarabía estentórea que recuerda al frenesí ronco del aleteo de una bandada de gorriones que unen sus arpegios múltiples para que en el oído infantil una única nota estalle con estruendo de volcán en la omnímoda paz de los tímpanos.
La mirada se pierde, y regresan aquellos recuerdos.

Saludos
 
En el tambor del cristal el viento golpea con el ritmo alegre de una música que hace vibrar la piel transparente de la ventana donde ya no se refleja mi rostro al no persistir la claridad que trajo el alba a mi habitación oscura. Aquí el silencio se hace sombra y pinta en la pared nubes de soledad, cúmulos grises con silueta de bosque, fantasmagoría de borrasca en mis ojos que ven la lluvia como si de ellos brotara un alud de agua bajo la inútil techumbre de los párpados. Regresa el niño que fui al temor de las cicatrices azules en la algodonosa matriz donde ya no está el púrpura que antecede al esférico sol del amanecer, la mañana es un relámpago voraz y el trueno un susurro de ángeles sordos que asusta a la memoria pues sus voces llegan con el timbal ardiente de una algarabía estentórea que recuerda al frenesí ronco del aleteo de una bandada de gorriones que unen sus arpegios múltiples para que en el oído infantil una única nota estalle con estruendo de volcán en la omnímoda paz de los tímpanos.
Había una ventana de un segundo piso en casa de mis padres que dejaba ver una gran porción de terreno. Allí me instalaba de noche para ver esas cicatrices azules y oír
ese susurro de ángeles sordos.
Un abrazo, Ramón.
 

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