Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
ÁRBOLES DE NÍSPERO
El patio, -regreso de oquedades-,
crujir de hojas ya exabruptos;
espinas piadosas que clavetea el pasado
en cualquier postigo después de la tarde.
Volver a esas escenas:
el tiempo hace su último rodeo,
precede la historia, ese museo
que debía visitarse mucho antes
de hacer un largo viaje por un mundo
bordeando un embalse
de silentes fantasías.
El árbol de níspero fue pero aún sigue siendo,
deja caer sus hojas, afloran sus carnosos frutos,
hilvana la tela que terminará
por zurcir un círculo
de escaleras y manjares
de canastos y ensueños
de tardes
que otra vez triturarán sus dominios
en lo trajinado de unas manos pesarosas.
No hay edad que incumpla su condena,
el presente nos hechiza con su manto de dádivas inasibles;
el futuro nos aqueja porque no ha pagado su boleto, su pasaje
de resignación por lo fútil de un día ya extraviado en sus maletas.
Árboles de níspero.
Cuánto han encubierto:
las sobrias palabras escritas
a la amada intocable
la de la noctívaga elegía;
errabundos pensamientos creyendo tocar
esquivos paraísos
en espejos de ocasos,
sentires adolescentes
volcanes de pétalos sin mayor tragicomedia
que una lágrima y un suspiro forjados de repente
hoy vuelvo a cobijarme en sus abrazos,
hoy regreso a sus ramajes,
a sus deliquios
de flora deleznable.
En lo despierto siempre estoy,
madurando en lo fértil de un sueño probable,
florezco en ellos con ellos- en este verano,
la brisa roza solitaria nuestras venas sonámbulas
casi extranjeras sin fronteras, ni nombres;
somos tal vez ahora cortezas
a las que la vida roba a plazos su primera esencia.
Sigo a la espera.
No ha llegado ese tiempo aún
ese instante impresentido
la justa cosecha
sobre nuestras raíces insepultas.
El patio, -regreso de oquedades-,
crujir de hojas ya exabruptos;
espinas piadosas que clavetea el pasado
en cualquier postigo después de la tarde.
Volver a esas escenas:
el tiempo hace su último rodeo,
precede la historia, ese museo
que debía visitarse mucho antes
de hacer un largo viaje por un mundo
bordeando un embalse
de silentes fantasías.
El árbol de níspero fue pero aún sigue siendo,
deja caer sus hojas, afloran sus carnosos frutos,
hilvana la tela que terminará
por zurcir un círculo
de escaleras y manjares
de canastos y ensueños
de tardes
que otra vez triturarán sus dominios
en lo trajinado de unas manos pesarosas.
No hay edad que incumpla su condena,
el presente nos hechiza con su manto de dádivas inasibles;
el futuro nos aqueja porque no ha pagado su boleto, su pasaje
de resignación por lo fútil de un día ya extraviado en sus maletas.
Árboles de níspero.
Cuánto han encubierto:
las sobrias palabras escritas
a la amada intocable
la de la noctívaga elegía;
errabundos pensamientos creyendo tocar
esquivos paraísos
en espejos de ocasos,
sentires adolescentes
volcanes de pétalos sin mayor tragicomedia
que una lágrima y un suspiro forjados de repente
hoy vuelvo a cobijarme en sus abrazos,
hoy regreso a sus ramajes,
a sus deliquios
de flora deleznable.
En lo despierto siempre estoy,
madurando en lo fértil de un sueño probable,
florezco en ellos con ellos- en este verano,
la brisa roza solitaria nuestras venas sonámbulas
casi extranjeras sin fronteras, ni nombres;
somos tal vez ahora cortezas
a las que la vida roba a plazos su primera esencia.
Sigo a la espera.
No ha llegado ese tiempo aún
ese instante impresentido
la justa cosecha
sobre nuestras raíces insepultas.