María… cuando llegas, se estremece
la flor secreta que en mi pecho habita;
tu nombre, como llama que palpita,
despierta un ansia antigua que me crece.
No es calma lo que traes: es un vuelo
de luz contra mi piel estremecida;
es un temblor que avanza, sin medida,
como un torrente ardiente por mi cielo.
Cuando te acercas, todo se deshace:
la voluntad, el miedo, la armadura;
y queda sólo el pulso que procura
rozarte —aunque mi alma se desplace—.
Tu voz me toca. Sí, me toca el alma,
pero también la fiebre que me nombra;
enciende con un soplo de tu sombra
la intimidad oculta de mi calma.
María… ¿tú lo sabes? ¿Tú conoces
la hondura del deseo que provocas?
Tus ojos son dos brasas nunca rotas
que incendian mis silencios y mis voces.
Y no lo digo por tenerte mía—
que el amor no se encierra ni se obliga—;
mas si rozara un día tu saliva,
temblaría la tierra en mi agonía.
No busco tu prisión, ni que regreses;
sólo saber que en mí dejas un rastro,
un incendio sutil, un leve astro
que arde en mis soledades muchas veces.
Si el destino nos lleva por veredas
que aparten tu latido del que llevo,
sabré que fui bendito por tu fuego,
por tus manos, tus pasos, tus certezas.
María… tú, que en mí desatas mares,
permite que este ardor que me desvela
renazca en cada luna, en cada vela,
cuando evoque tu nombre en mis lugares.
la flor secreta que en mi pecho habita;
tu nombre, como llama que palpita,
despierta un ansia antigua que me crece.
No es calma lo que traes: es un vuelo
de luz contra mi piel estremecida;
es un temblor que avanza, sin medida,
como un torrente ardiente por mi cielo.
Cuando te acercas, todo se deshace:
la voluntad, el miedo, la armadura;
y queda sólo el pulso que procura
rozarte —aunque mi alma se desplace—.
Tu voz me toca. Sí, me toca el alma,
pero también la fiebre que me nombra;
enciende con un soplo de tu sombra
la intimidad oculta de mi calma.
María… ¿tú lo sabes? ¿Tú conoces
la hondura del deseo que provocas?
Tus ojos son dos brasas nunca rotas
que incendian mis silencios y mis voces.
Y no lo digo por tenerte mía—
que el amor no se encierra ni se obliga—;
mas si rozara un día tu saliva,
temblaría la tierra en mi agonía.
No busco tu prisión, ni que regreses;
sólo saber que en mí dejas un rastro,
un incendio sutil, un leve astro
que arde en mis soledades muchas veces.
Si el destino nos lleva por veredas
que aparten tu latido del que llevo,
sabré que fui bendito por tu fuego,
por tus manos, tus pasos, tus certezas.
María… tú, que en mí desatas mares,
permite que este ardor que me desvela
renazca en cada luna, en cada vela,
cuando evoque tu nombre en mis lugares.
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