Así acaban.
Supongo que el reloj no es propenso a la mentira.
En cualquier caso la necesidad invita a las estrellas
a que manifiesten su acuerdo
de prender fuego a la calma tensa
que inunda el aire de esta habitación.
Por eso he venido.
Distintas bocas respirando el mismo aire,
las mismas ganas esperan la señal para fundirse.
Aquí y ahora, eso de mirarse a los ojos sin decirse nada
es muy relativo. Intuyo en ella la señal,
cualquier gesto que despierte mi egoísmo inverso:
¿por qué coño seguimos llevando tanta ropa?
Esa pregunta no busca enamorar respuestas, más bien
es el acto protocolario que precede al fin existencial
de querer compartir contigo la profundidad de las nubes,
desmaquillarte, arrancar tu ropa con desprecio,
intercambiar salivas y sudores, proceder al trueque
de señales de mordiscos y arañazos (es el juego
de marcar el territorio en el cuerpo ajeno),
preguntarte metafóricamente (como todo buen poeta)
si no has tenido todavía suficiente
Y acabar ya sabes cómo, como suelen acabar estas cosas:
perdiendo toda conciencia de espacio, tiempo, identidad propia
Luego suena un quejido que huye del susurro
como si hubieras dejado de estar dentro de ti.
Ahí está el poema.
No ha nacido todavía un orgasmo prosaico.