Átame

Rolando de los Rios

Poeta recién llegado
Ya era otro día completamente distinto. Los rayos de luz caían directo en sus ojos. Una mosca zumbaba y se posaba en su nariz. Mosca maldita, pensó, y entonces abrió los ojos por completo. Doce del mediodía. Motores de auto, la trompetita de un heladero, niños corriendo con una moneda en las manos, riendo, saboreando los barquillos.
¿Qué diablos pasó ayer?
Analizó toda la habitación. Había botellas de whisky tiradas, cigarrillos aplastados contra el piso, un olor insoportable que venía de algún lado. Vómito, de seguro, pensó.
Se colocó los bóxers y entró al baño. Se miró en el espejo el enorme tatuaje que surcaba su pecho: una serpiente cuyos colmillos amenazaban al que osaba mirarla.
Entonces, un pálpito lo estremeció. Abrió bruscamente la puerta de la ducha.
La mujer seguía ahí, desnuda, amarrada de pies y manos, desangrándose. Le sonreía con diabólica complicidad.
¡Ya recordé!, le gritó.
 
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