Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Las nieves se han derretido al pie de mis sienes
bajan solemnes y furiosas por ríos
obstáculos duros y pesados aprietan el recorrido
que sobre mis espaldas curvan su afincar
pero, debo llegar donde he de posar mi descansar.
Veo árboles bailando soplos,
siento brisas que susurran mi nombre,
acaricio mañanas,
que se despiertan con mi canto,
bebo noches,
que se embriagan con mis manos,
atisbo colibríes,
que cortejan flores silvestres.
Me seduce una chica
revolcándose con un mozalbete
la hierva se emborracha contemplándolos
tejiéndoles colchones mullidos,
rindiéndoles pleitesía por ser tan desfachatados,
no encuentro temor en sus ganas
sólo miman el instante
sintiendo su danza impúdica,
que enrojece la caída tarde.
Rugido de lenguas,
arrecian en pintadas sonrisas,
que engullen colibríes asesinados,
que engordan con árboles talados,
se esmeran en opacar las caricias,
enviando tempestades coléricas,
que llueven ácidas hipocresías
insistentes en separar al insolente,
que se permitió existir original.
Mi trayecto se ha quedado soñando,
sólo con soplos de árboles,
sólo con colibríes enamorados,
sólo con amantes desvergonzados,
dedicados todos, a contemplar la vida
esa vida, que nos envuelve,
que nos hace mortales,
gritando que la tomemos,
revelando que nunca es tarde para sentirla,
aunque la nieve haya ya pisado mis años .
bajan solemnes y furiosas por ríos
obstáculos duros y pesados aprietan el recorrido
que sobre mis espaldas curvan su afincar
pero, debo llegar donde he de posar mi descansar.
Veo árboles bailando soplos,
siento brisas que susurran mi nombre,
acaricio mañanas,
que se despiertan con mi canto,
bebo noches,
que se embriagan con mis manos,
atisbo colibríes,
que cortejan flores silvestres.
Me seduce una chica
revolcándose con un mozalbete
la hierva se emborracha contemplándolos
tejiéndoles colchones mullidos,
rindiéndoles pleitesía por ser tan desfachatados,
no encuentro temor en sus ganas
sólo miman el instante
sintiendo su danza impúdica,
que enrojece la caída tarde.
Rugido de lenguas,
arrecian en pintadas sonrisas,
que engullen colibríes asesinados,
que engordan con árboles talados,
se esmeran en opacar las caricias,
enviando tempestades coléricas,
que llueven ácidas hipocresías
insistentes en separar al insolente,
que se permitió existir original.
Mi trayecto se ha quedado soñando,
sólo con soplos de árboles,
sólo con colibríes enamorados,
sólo con amantes desvergonzados,
dedicados todos, a contemplar la vida
esa vida, que nos envuelve,
que nos hace mortales,
gritando que la tomemos,
revelando que nunca es tarde para sentirla,
aunque la nieve haya ya pisado mis años .