elena morado
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Una línea divisoria me partió el al/
ma,
dejó ahí parte de mis vísceras,
de mis órganos vitales;
debajo de esas luces de neón
que semejaban estrellas,
luces de bohemia.
Espíritu agostado,
marchito,
como las hojas de una planta,
como la rama de un árbol que perdió su
clorofila.
Te siento en mis mañanas,
y en mis noches,
mis dedos mojados creyéndolos tuyos,
recorren mi anatomía,
se introducen en mis paredes como serpientes
venenosas,
mientras recorro lentamente la áurea perfección,
que separa tu boca que muerdo,
de tu ombligo,
y con la punta de mi lengua tatúo tu piel,
dejando grabados mis sueños en tu pecho,
para que los guardes,
dejando la huella de mi paso por ti,
¡Aquí ha estado La Morado!
Desciendo..., y me detengo,
allí donde mi nombre se mancilla,
pierde la honra,
mientras tú
acarias mi pelo
al compás de tus latidos.
Y por fin llega,
¡está aquí!
y grito,
entre mis piernas se impregnan mis manos;
te abrazo fuerte, muy fuerte,
mientras acaricio esa cara que venero y
mirándote a los ojos
digo en bajito, como un susurro,
como un lamento,
que te quiero.
Ahora tú y sólo tú,
eres la razón áurea de mi existencia,
pero en este instante,
no puedo ver la luz,
las lágrimas han convertido
mis ojos
en cristales de pirita.
Antonia Mauro del Blanco
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