La santa agua inmaculada ilumina con su reflejo de luz dadivosa el alma pétrea,que se oculta tras la cortina traslúcida de una aurora cuyo haz bochornoso de luminaria borracha,hace empalidecer hasta a la mismísima fiereza visual,enmarcada en la esmaltada faz de la venenosa gorgona de serpentinos cabellos negros.Pero cuando el escudo sulfúreo del héroe soberbio e inteligente lo antepone por delante de su atlético cuerpo arrogante,la mismísima diosa nefasta,que trasmuta en sal los cuerpos de los contumaces guerreros de arrogante semblante,se evapora en un tufo que se difumina en las alturas celestiales;donde los brazos pálidos de la aurora arrancan de un seco desgarrón la inmortalidad que yacía con el joven bardo de ojos ciegos y boca muda.Por eso,es necesario,que aquí y ahora,la miel que dimana de ese sol naciente sea sorbida por el tragaluz sereno y eterno de la mañana que nunca ya,jamás se extinguirá ni en un eón profundo.