Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
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23/10/2019
23/10/2019
Las candelas del entendimiento humano
las soplan, apagan y aplacan gigantescas
manos que ocultan la razón y la humanidad.
A la vez que el hombre es más capaz
de crear a su antojo y modificar
toda su realidad, demiurgo terrestre,
se prepara para mimetizarse
en las cabezas de nuevos profetas.
No tienen ideales ni sueños, sino
hambre de estupideces abrillantadoras,
como la de los lavavajillas, que
quiten toda la suciedad,
aun de quitarse su piel.
Vueltos al monstruo leviatanesco,
prefieren un tirano o un oportunista,
un hombre que juega a las cartas o les engañe.
Desde el blanco de la pantalla, creen en un
bien casto y nítido, contra las sombras
que se esconden detrás de las cámaras.
Su destino es el suyo o el de los otros.
No pueden superar por sí mismos los avatares,
¡porque son tan difíciles, tan duros!
Cobardes, como los niños,
los tropiezos les han lobotomizado los cerebros.
Sus dolores, aun ficticios, aun de otros y lejanos,
les hacen un tembleque que recuerda
al de una sociedad fracasada,
y que quiere sus nuevos años,
locos y fiesteros,
dramáticos y cínicos.
Danzan en su pista de baile del nuevo jazz,
banalizado el arte humano a sedante y sicotrópico.
En la noche de parranda humana, esperan su canción
para darlo todo y destrozar, cuanto más mejor, la pista
en pos de su grandeza y de su épica. Desayunados
en peripecias de la caballería de juegos de shooter.
Todos los jóvenes nos emperifollamos para hacer honor
al dicho griego, aunque nos mutilen por completo; y mientras,
pavonearse con las mujeres, a las que cosificamos en
barbies atrapadas en sus jaulas.
Las banderas, las palabras, los viejos ideales son una excusa,
una simple tapadera para decorar y embellecer toda la galería.
Espectadores, ineptos que somos, nos lo comemos con los ojos
o lo transformamos en nuestra particular y disfuncional monstruosidad,
cansados de analizar y poder colegir, alimentar al cerebro, ver por nosotros mismos...
Todo se arregla con la tramoya que haga falta, o nos la inventamos, alabando
en los periódicos la falsedad y la inocuidad de los hombres pagados,
mercenarios, de esta pesadilla hecha obra de teatro shakesperiana.
Y nos lamentaremos como con Antígona, al bajar a la cueva,
donde escondíamos nuestros verdaderos motivos.
Nos esperará al descender nuestro camino,
y querremos redimirnos,
cuando no es el perdón,
sino una solución;
y en ese momento, sin un atisbo de luz,
de inteligencia, de razonamiento,
de verdadera libertad,
ya caeremos sin poder
evitarlo siquiera,
no podremos hacer
nada.
Ante la cantidad descomunal del problema,
la piedra de nuestros caminos será imposible
de manejar y mover, de impedir que nos caiga,
como la bomba sobre nuestras cabezas.
Todos creemos en la facilidad del dicho:
«todo fue de pronto», y nos diremos,
para nuestros consuelos,
«esto nadie nos lo avisó»,
y rematando con:
«fue inevitable».
El Destino, gritarán
los valientes.
La Muerte, lamentarán
los líderes.
La Barbarie, criticarán
los apologetas.
Las armas, asomará
a decir alguno más sensato.
Los demás sonreirán este dicho y
aplaudirán con el show cayéndose,
sin espectadores apenas ya...
Y las piedras serán las siguientes culpables,
para los homo sapiens orgullosos
de su tradición bélica y su
estupidez...
las soplan, apagan y aplacan gigantescas
manos que ocultan la razón y la humanidad.
A la vez que el hombre es más capaz
de crear a su antojo y modificar
toda su realidad, demiurgo terrestre,
se prepara para mimetizarse
en las cabezas de nuevos profetas.
No tienen ideales ni sueños, sino
hambre de estupideces abrillantadoras,
como la de los lavavajillas, que
quiten toda la suciedad,
aun de quitarse su piel.
Vueltos al monstruo leviatanesco,
prefieren un tirano o un oportunista,
un hombre que juega a las cartas o les engañe.
Desde el blanco de la pantalla, creen en un
bien casto y nítido, contra las sombras
que se esconden detrás de las cámaras.
Su destino es el suyo o el de los otros.
No pueden superar por sí mismos los avatares,
¡porque son tan difíciles, tan duros!
Cobardes, como los niños,
los tropiezos les han lobotomizado los cerebros.
Sus dolores, aun ficticios, aun de otros y lejanos,
les hacen un tembleque que recuerda
al de una sociedad fracasada,
y que quiere sus nuevos años,
locos y fiesteros,
dramáticos y cínicos.
Danzan en su pista de baile del nuevo jazz,
banalizado el arte humano a sedante y sicotrópico.
En la noche de parranda humana, esperan su canción
para darlo todo y destrozar, cuanto más mejor, la pista
en pos de su grandeza y de su épica. Desayunados
en peripecias de la caballería de juegos de shooter.
Todos los jóvenes nos emperifollamos para hacer honor
al dicho griego, aunque nos mutilen por completo; y mientras,
pavonearse con las mujeres, a las que cosificamos en
barbies atrapadas en sus jaulas.
Las banderas, las palabras, los viejos ideales son una excusa,
una simple tapadera para decorar y embellecer toda la galería.
Espectadores, ineptos que somos, nos lo comemos con los ojos
o lo transformamos en nuestra particular y disfuncional monstruosidad,
cansados de analizar y poder colegir, alimentar al cerebro, ver por nosotros mismos...
Todo se arregla con la tramoya que haga falta, o nos la inventamos, alabando
en los periódicos la falsedad y la inocuidad de los hombres pagados,
mercenarios, de esta pesadilla hecha obra de teatro shakesperiana.
Y nos lamentaremos como con Antígona, al bajar a la cueva,
donde escondíamos nuestros verdaderos motivos.
Nos esperará al descender nuestro camino,
y querremos redimirnos,
cuando no es el perdón,
sino una solución;
y en ese momento, sin un atisbo de luz,
de inteligencia, de razonamiento,
de verdadera libertad,
ya caeremos sin poder
evitarlo siquiera,
no podremos hacer
nada.
Ante la cantidad descomunal del problema,
la piedra de nuestros caminos será imposible
de manejar y mover, de impedir que nos caiga,
como la bomba sobre nuestras cabezas.
Todos creemos en la facilidad del dicho:
«todo fue de pronto», y nos diremos,
para nuestros consuelos,
«esto nadie nos lo avisó»,
y rematando con:
«fue inevitable».
El Destino, gritarán
los valientes.
La Muerte, lamentarán
los líderes.
La Barbarie, criticarán
los apologetas.
Las armas, asomará
a decir alguno más sensato.
Los demás sonreirán este dicho y
aplaudirán con el show cayéndose,
sin espectadores apenas ya...
Y las piedras serán las siguientes culpables,
para los homo sapiens orgullosos
de su tradición bélica y su
estupidez...
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