Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
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28/04/2018
28/04/2018
Su piel era fina y suave,
su cuerpo casi perfecto.
Tenía una apariencia de
perfección,
canon del hombre
(o la mujer).
Caminaría entre todos,
quizás destacando,
como la estrella en el cielo nublado,
como un haz de sol escapado de una muralla de niebla.
Atraería los ojos de todos.
Sería visto como
todos.
No solía echar una palabra,
sino la escupía.
Era de lenguaje extraño, aunque bonito.
Algo tartaja y a la vez musical, meloso y divertido.
En cambio, alguna vez, al contrario, se le oía
metálico, repetitivo.
Pero daba igual,
era como todos.
Se presentaba de una forma extraña.
Quería llamar la atención, sin ser visto.
Cuando se mostraba ante el ojo, lo conquistaba.
Domado el ojo, el oído se hacía el sordo en muchos casos.
Por tanto, su voz discordante era olvidada.
Era como todos,
pero era... brillante.
Su postura corporal estaba quieta, enjuta.
En algún momento, se asemejaba a un maniquí.
Era tan hermoso, cual flor recién abierta, un jazmín;
y su elegancia, un aroma sacado del Parnaso de los Dioses...
El público se quedaba hipnotizado y, tras ello, lo dejaba irse,
como si tal cosa. Nadie hablaría de él, pero todos... ay, qué ser.
Era tan brillante,
que cegaba a las bocas saciadas.
Nadie podía evitar no quererlo y, aun así, olvidarse.
Cuando se hizo líder, todos olvidaron sus lemas;
admiraron su hermosura, su don de palabra (enlatada),
y era el líder de los ciudadanos. Vestido de postín, era un señorito.
Prometía cosas tan bellas y tan equilibradas, al menos a la Opinión Pública,
engalanado de princeps soberbio, farfullado en su bandera.
Saciaba a las lenguas sedientas
de las televisiones moderadas.
Algunos, que le ven algo raro, le han adjuntado
extrañas manías como la de rascarse la nariz.
Un tic nervioso, un defecto grosero,
empequeñecido en su equilibrada voz,
la cual se le van gallitos temblándole hasta la falange.
Su moderada timidez se ha hecho
un tic de flameante furia.
Su capacidad se la ha ido degenerando
por actos impulsivos, que gustan
todavía por valientes, sentidos, cálidos.
De vez en cuando, le han hecho un análisis
de Voight-Kampff en la tribuna, lleno de lagartos
que constatan su frialdad. Los lagartos le huelen.
Alguien chillará al ver
al robot.
Los mismos de la ufología creen que
viene a imponer un orden de lagartos
—ilógico, ya que según ellos, ya gobiernan
desde el centro de esta Tierra hueca—,
y no ven el metal en la piel falsa
y ni se percatan de su raciocinio limitado.
Otros temen que sea un enviado robótico,
como en las pelis de Sci-Fi, o en los documentales.
Que sea un nuevo Hitler robótico, simplificado a algoritmo.
Lo complican tanto... que cuando ves sus ojos,
simplemente es un robotito programado por alguien.
Mientras, te puedes creer
este cuento asimoviano.
su cuerpo casi perfecto.
Tenía una apariencia de
perfección,
canon del hombre
(o la mujer).
Caminaría entre todos,
quizás destacando,
como la estrella en el cielo nublado,
como un haz de sol escapado de una muralla de niebla.
Atraería los ojos de todos.
Sería visto como
todos.
No solía echar una palabra,
sino la escupía.
Era de lenguaje extraño, aunque bonito.
Algo tartaja y a la vez musical, meloso y divertido.
En cambio, alguna vez, al contrario, se le oía
metálico, repetitivo.
Pero daba igual,
era como todos.
Se presentaba de una forma extraña.
Quería llamar la atención, sin ser visto.
Cuando se mostraba ante el ojo, lo conquistaba.
Domado el ojo, el oído se hacía el sordo en muchos casos.
Por tanto, su voz discordante era olvidada.
Era como todos,
pero era... brillante.
Su postura corporal estaba quieta, enjuta.
En algún momento, se asemejaba a un maniquí.
Era tan hermoso, cual flor recién abierta, un jazmín;
y su elegancia, un aroma sacado del Parnaso de los Dioses...
El público se quedaba hipnotizado y, tras ello, lo dejaba irse,
como si tal cosa. Nadie hablaría de él, pero todos... ay, qué ser.
Era tan brillante,
que cegaba a las bocas saciadas.
Nadie podía evitar no quererlo y, aun así, olvidarse.
Cuando se hizo líder, todos olvidaron sus lemas;
admiraron su hermosura, su don de palabra (enlatada),
y era el líder de los ciudadanos. Vestido de postín, era un señorito.
Prometía cosas tan bellas y tan equilibradas, al menos a la Opinión Pública,
engalanado de princeps soberbio, farfullado en su bandera.
Saciaba a las lenguas sedientas
de las televisiones moderadas.
Algunos, que le ven algo raro, le han adjuntado
extrañas manías como la de rascarse la nariz.
Un tic nervioso, un defecto grosero,
empequeñecido en su equilibrada voz,
la cual se le van gallitos temblándole hasta la falange.
Su moderada timidez se ha hecho
un tic de flameante furia.
Su capacidad se la ha ido degenerando
por actos impulsivos, que gustan
todavía por valientes, sentidos, cálidos.
De vez en cuando, le han hecho un análisis
de Voight-Kampff en la tribuna, lleno de lagartos
que constatan su frialdad. Los lagartos le huelen.
Alguien chillará al ver
al robot.
Los mismos de la ufología creen que
viene a imponer un orden de lagartos
—ilógico, ya que según ellos, ya gobiernan
desde el centro de esta Tierra hueca—,
y no ven el metal en la piel falsa
y ni se percatan de su raciocinio limitado.
Otros temen que sea un enviado robótico,
como en las pelis de Sci-Fi, o en los documentales.
Que sea un nuevo Hitler robótico, simplificado a algoritmo.
Lo complican tanto... que cuando ves sus ojos,
simplemente es un robotito programado por alguien.
Mientras, te puedes creer
este cuento asimoviano.