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Poeta recién llegado
Parpadeó para luego repasar las nudosas manos fuerte, lentamente sobre sus ojos cerrados.
Hacía mucho que los sueños no la sobresaltaban y menos éste, tan repetido y gastado como las
fotografías que se van pudriendo con el paso de los años, escurriendo recuerdos por las paredes.
Se estiró con lentitud entre las sábanas y comprobó que, nuevamente, había dormido encogida
hacia la orilla izquierda, acostumbrada a cuarenta y cinco años de colchón matrimonial
compartido, los cuales se acabaron hace diez con la desabrida historia de un marido que,
finalmente, una mañana no se despertó. Pesadamente se sentó con los pies buscando las pantuflas
bajo la cama, la distracción de una día más la hizo musitar inconscientemente aquella frase.
- Lucifer te espera y ya sabe tu nombre -
Casi sesenta años. Poco más de medio siglo de repasos mentales repetidos y repetidos y
repetidos a la misma noche, a la misma callejuela, la misma penumbra, a su vestidito azul con
chal blanco y sus zapatos negros. A la felicidad juvenil rota de golpe por los harapos, el
nauseabundo hedor, las manos rasposas y los ojos desorbitados de aquel borracho que le escupió
esa frase a la cara, tomándola del brazo. Luego de eso, Amalia no volvió a ser la misma. Se casó
con Carlos, claro. Pero esa risa de picardía, ese atrevimiento para bailar, ese desparpajo al reírse,
ninguna de esas cosas aparecieron en la boda. Ni en ninguna otra parte. Quizá se atrofiaron de
tanto encogerse con pánico de dormir, de soñar cada noche con esos mismos cinco segundos de
mano rasposa violándole el brazo derecho y frase cayendo contra su rostro con esa vahada de
hedor caliente.
Su mamá pensó que esa manía de ir todos los días a misa de ocho era prueba de que
Amalita finalmente sentaba cabeza y se comportaba como mujer decente, mujer casada, no como
la perdida que temió fuera a salir cada vez que la veía ser tan aterradoramente desenfadada con la
vida y sobre todo, con los muchachos. Pero esa satisfacción fue cayendo hacia la pesadumbre de
comprobar que no abandonaba las citas religiosas, los rosarios, los pesados ropajes de color
oscuro y todas las cosas que le fueron ensombreciendo hasta apagarle la vivaracha luz que le
encendía los ojos y le encarnaba las mejillas como manzanas. En sus últimos años doña Clotilde
le insistía a que, al menos, desistiera de ir a cada procesión. «Dios no nos quiere sólo para los
santos, mi niña, nos quiere también para nuestros hermanos, nuestros hijos». Pero no, ni dejaba
las procesiones ni se alejaba de los santos ni se acercaba a sus hermanos ni procreaba hijos.
Ninguno.
Carlos, el enamorado Carlos. Sería lógico suponerse que murió de amor. ¿Y fue por eso que
se lo dijo? No fue siquiera en una ocasión especial. La frase le salió sola, con la misma
espontaneidad que la primera, la de aquel harapiento de la noche terrible.
«El infierno se va haciendo, Amalia. Y uno se vuelve su propio Satanás»
Quizá ese día estaba cansado de verla dedicada a encender veladoras o sólo tuvo una
revelación divina. Lo que haya sido, en esa frase le dijo algo. Esa cosa que ella ya sabía y todavía
sabe. Hace mucho de eso, de saberlo. Mucho. Suficiente como para olvidar hace cuánto. En esa
frase, en mirarse con la casa grisácea, los muebles desteñidos, la vida rutinaria. En deambular
con los vapores del incienso impregnados a la ropa y esa fiebre por encender velas y cirios,
Amalia ya lo sabía y todavía lo sabe. Ella misma ha cumplido su terror de irse al infierno.
No le amarga, no.
Ya no le hace nada.
No le impide terminar de masticar los recuerdos, los sentimientos que le quedan, con las
encías peladas. Ni le detiene de vestirse de negro. Ni de abandonar la casa tan pronto como
amanece para entrar a la iglesia y arrodillarse ante cualquier altar a rezar. Macerándose las
rodillas y lo que le quede de vida en esa inútil obsesión por pedirle a Dios.
Antes, pedía no ir al infierno. Ahora que está en él, pide que la mande al verdadero, al que
está después de la muerte. Estar en éste, de mañanas insípidas, días espesos como aceite y una
vida de temor polvoso, éste apolillado, éste viejo, éste… Ya no, ya no.
En todo eso piensa mientras, una vez más y finalmente, se incorpora de la cama y avanza
los no suficientemente lentos pasos hasta el tocador donde mira los ojos que le miran desde el
espejo y babea ligeramente por las comisuras mientras ese reflejo le musita «Si, siempre he
sabido tu nombre, pero tardé en darme cuenta que yo era Lucifer».
Hacía mucho que los sueños no la sobresaltaban y menos éste, tan repetido y gastado como las
fotografías que se van pudriendo con el paso de los años, escurriendo recuerdos por las paredes.
Se estiró con lentitud entre las sábanas y comprobó que, nuevamente, había dormido encogida
hacia la orilla izquierda, acostumbrada a cuarenta y cinco años de colchón matrimonial
compartido, los cuales se acabaron hace diez con la desabrida historia de un marido que,
finalmente, una mañana no se despertó. Pesadamente se sentó con los pies buscando las pantuflas
bajo la cama, la distracción de una día más la hizo musitar inconscientemente aquella frase.
- Lucifer te espera y ya sabe tu nombre -
Casi sesenta años. Poco más de medio siglo de repasos mentales repetidos y repetidos y
repetidos a la misma noche, a la misma callejuela, la misma penumbra, a su vestidito azul con
chal blanco y sus zapatos negros. A la felicidad juvenil rota de golpe por los harapos, el
nauseabundo hedor, las manos rasposas y los ojos desorbitados de aquel borracho que le escupió
esa frase a la cara, tomándola del brazo. Luego de eso, Amalia no volvió a ser la misma. Se casó
con Carlos, claro. Pero esa risa de picardía, ese atrevimiento para bailar, ese desparpajo al reírse,
ninguna de esas cosas aparecieron en la boda. Ni en ninguna otra parte. Quizá se atrofiaron de
tanto encogerse con pánico de dormir, de soñar cada noche con esos mismos cinco segundos de
mano rasposa violándole el brazo derecho y frase cayendo contra su rostro con esa vahada de
hedor caliente.
Su mamá pensó que esa manía de ir todos los días a misa de ocho era prueba de que
Amalita finalmente sentaba cabeza y se comportaba como mujer decente, mujer casada, no como
la perdida que temió fuera a salir cada vez que la veía ser tan aterradoramente desenfadada con la
vida y sobre todo, con los muchachos. Pero esa satisfacción fue cayendo hacia la pesadumbre de
comprobar que no abandonaba las citas religiosas, los rosarios, los pesados ropajes de color
oscuro y todas las cosas que le fueron ensombreciendo hasta apagarle la vivaracha luz que le
encendía los ojos y le encarnaba las mejillas como manzanas. En sus últimos años doña Clotilde
le insistía a que, al menos, desistiera de ir a cada procesión. «Dios no nos quiere sólo para los
santos, mi niña, nos quiere también para nuestros hermanos, nuestros hijos». Pero no, ni dejaba
las procesiones ni se alejaba de los santos ni se acercaba a sus hermanos ni procreaba hijos.
Ninguno.
Carlos, el enamorado Carlos. Sería lógico suponerse que murió de amor. ¿Y fue por eso que
se lo dijo? No fue siquiera en una ocasión especial. La frase le salió sola, con la misma
espontaneidad que la primera, la de aquel harapiento de la noche terrible.
«El infierno se va haciendo, Amalia. Y uno se vuelve su propio Satanás»
Quizá ese día estaba cansado de verla dedicada a encender veladoras o sólo tuvo una
revelación divina. Lo que haya sido, en esa frase le dijo algo. Esa cosa que ella ya sabía y todavía
sabe. Hace mucho de eso, de saberlo. Mucho. Suficiente como para olvidar hace cuánto. En esa
frase, en mirarse con la casa grisácea, los muebles desteñidos, la vida rutinaria. En deambular
con los vapores del incienso impregnados a la ropa y esa fiebre por encender velas y cirios,
Amalia ya lo sabía y todavía lo sabe. Ella misma ha cumplido su terror de irse al infierno.
No le amarga, no.
Ya no le hace nada.
No le impide terminar de masticar los recuerdos, los sentimientos que le quedan, con las
encías peladas. Ni le detiene de vestirse de negro. Ni de abandonar la casa tan pronto como
amanece para entrar a la iglesia y arrodillarse ante cualquier altar a rezar. Macerándose las
rodillas y lo que le quede de vida en esa inútil obsesión por pedirle a Dios.
Antes, pedía no ir al infierno. Ahora que está en él, pide que la mande al verdadero, al que
está después de la muerte. Estar en éste, de mañanas insípidas, días espesos como aceite y una
vida de temor polvoso, éste apolillado, éste viejo, éste… Ya no, ya no.
En todo eso piensa mientras, una vez más y finalmente, se incorpora de la cama y avanza
los no suficientemente lentos pasos hasta el tocador donde mira los ojos que le miran desde el
espejo y babea ligeramente por las comisuras mientras ese reflejo le musita «Si, siempre he
sabido tu nombre, pero tardé en darme cuenta que yo era Lucifer».
Dedicado a Hail Mary, full of grace. Escultura de Damien Hirst.