Xavier Taboada
Poeta asiduo al portal
La noche era propicia, la melodía la adecuada. El ambiente se transforma y desciende la musa. Era
un ángel disfrazado de mujer, perfectamente entendido de emociones y sentimientos. Era la belleza
hecha carne, era el amor convertido en aroma, si en verdad existiera Afrodita, este ser sublime
tendría que ser ella. Me enamoré sin remedio en un instante, de una mujer que había visto solo
una vez. Así que por todas las letras, por el romance mismo, me acerqué a ella y le ofrecí mi
nombre en un poema acompañado de una copa de vino, al poco rato estábamos bailando, yo la
cortejaba con su cintura en mis manos. El placer se infiltró y la atracción fue mutua, media hora
después esperaba ansioso a que ella terminara de desnudarse en mi alcoba. Hicimos el amor como
locos, como si fuera el último día de nuestras vidas, como si no hubiese existido amor antes de
nosotros y como si no fuera existir después. En ese momento con toda sinceridad yo la amaba, me
tenía encantado con ese cabello azabache, hechizado a esa piel de nevado. Nuestros cuerpos se
devoraron toda aquella larga noche, disfrutando de placeres nunca antes descubiertos por el
hombre. En esas horas eternas, pude comprender el origen del universo dibujado en el cálido
cuerpo de una mujer. Experimenté por primera vez la felicidad, pero la felicidad verdadera, esa de
la que los filósofos tanto hablan pero la que en realidad nunca entendieron, esa a la que los
humanos apuntan toda su vida, pero siempre sin éxito. Yo hermanos de letras, yo fui bendecido
con la mayor historia de todos los tiempos, yo en verdad, por un leve instante, entendí la vida y
sus posibilidades, de mano de un ser ficticio que a la mañana siguiente, desapareció.
un ángel disfrazado de mujer, perfectamente entendido de emociones y sentimientos. Era la belleza
hecha carne, era el amor convertido en aroma, si en verdad existiera Afrodita, este ser sublime
tendría que ser ella. Me enamoré sin remedio en un instante, de una mujer que había visto solo
una vez. Así que por todas las letras, por el romance mismo, me acerqué a ella y le ofrecí mi
nombre en un poema acompañado de una copa de vino, al poco rato estábamos bailando, yo la
cortejaba con su cintura en mis manos. El placer se infiltró y la atracción fue mutua, media hora
después esperaba ansioso a que ella terminara de desnudarse en mi alcoba. Hicimos el amor como
locos, como si fuera el último día de nuestras vidas, como si no hubiese existido amor antes de
nosotros y como si no fuera existir después. En ese momento con toda sinceridad yo la amaba, me
tenía encantado con ese cabello azabache, hechizado a esa piel de nevado. Nuestros cuerpos se
devoraron toda aquella larga noche, disfrutando de placeres nunca antes descubiertos por el
hombre. En esas horas eternas, pude comprender el origen del universo dibujado en el cálido
cuerpo de una mujer. Experimenté por primera vez la felicidad, pero la felicidad verdadera, esa de
la que los filósofos tanto hablan pero la que en realidad nunca entendieron, esa a la que los
humanos apuntan toda su vida, pero siempre sin éxito. Yo hermanos de letras, yo fui bendecido
con la mayor historia de todos los tiempos, yo en verdad, por un leve instante, entendí la vida y
sus posibilidades, de mano de un ser ficticio que a la mañana siguiente, desapareció.
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