Poema 8
Un hilo en tu diestra muñeca
sujeta la luna,
según muy suelto afirmas:
para que no huya flotando
hacia una galaxia sin lugares
o un inmensurable sitio sin espacios.
Como cada vez que con ímpetu avanzas
una densa tirantez te marca,
aprisionándote el pulso,
puede que por añares lleves
un surco plateado a modo de pulsera.
Cuídate de la furia del sol,
porque bien sabe que mal pretendes
arrastrar a su pálida adorada.
Quizás supones que ella es tu luz personal
y que debe seguirte tal cual tu sombra.
Has tenido inflamada suerte;
ninguna nave estelar o filoso sueño
aún cortó ese cordel niquelado
que te hace tan único como el recuerdo
de quien presenció el nudo de tu atadura.
La cuadriculada noche
en la que, sensato al fin,
desates nuestra ovalada luna,
verás cómo ella, ofendida,
deprisa se irá para siempre,
rodando libre hacia otros cautiverios…
Y entonces el día, desamparado,
se hará tan interminable
como la muerte.
Un hilo en tu diestra muñeca
sujeta la luna,
según muy suelto afirmas:
para que no huya flotando
hacia una galaxia sin lugares
o un inmensurable sitio sin espacios.
Como cada vez que con ímpetu avanzas
una densa tirantez te marca,
aprisionándote el pulso,
puede que por añares lleves
un surco plateado a modo de pulsera.
Cuídate de la furia del sol,
porque bien sabe que mal pretendes
arrastrar a su pálida adorada.
Quizás supones que ella es tu luz personal
y que debe seguirte tal cual tu sombra.
Has tenido inflamada suerte;
ninguna nave estelar o filoso sueño
aún cortó ese cordel niquelado
que te hace tan único como el recuerdo
de quien presenció el nudo de tu atadura.
La cuadriculada noche
en la que, sensato al fin,
desates nuestra ovalada luna,
verás cómo ella, ofendida,
deprisa se irá para siempre,
rodando libre hacia otros cautiverios…
Y entonces el día, desamparado,
se hará tan interminable
como la muerte.