Ayer

Francisco Lechuga Mejia

Poeta que no puede vivir sin el portal
Una tarde, tú allá desde tu mundo, y yo en el mío creyendo que jamás te irías, hicimos un cuento. Tú me preguntaste ¿cómo hacen los conejos?, traté de adivinarlo, pero tu voz era tan seria y a la vez tan simple que no pude entenderla.

Recuerdo que esa vez estábamos mirando la luna, así que asumí que tu pregunta se refería a la cara bella, a la cara en donde te veo cada vez que me haces falta. Hablamos de fantasías, de leyendas de amor que en nada se parecería a la nuestra, nos imaginamos tirados en el pasto en un predio que no había sido de nadie, solo nuestro.
Hicimos planes para vernos, para que solo nuestro aliento fuera el viento que nos separara y nos vimos.

Nuestras bocas jugaron con los labios, con los cuerpos, con las palabras, sin palabras, nuestros dedos no se conocieron, sin pudor se enredaron por todos los rincones que ya se sentían olvidados, por el pelo, por la piel por cada centímetro de piel que en mi cuerpo hoy te recuerdan, no sé tú si lo sentiste, pero yo puedo jurar que nuestras almas se abrazaron, nuestros sexos se inventaron en amor a la hora de hacer el sexo.


Después: silencio, con tu huida levantaste el polvo de cada uno de mis sentimientos y se me escondió en los ojos. Levantaste un mar de silencio, mi corazón dejó de escuchar y a mis oídos les nació un murmullo tan azul, tan frío, tan callado que ni sentándome en la banqueta a extrañarte escucho nada.


Ayer, agua de mis mares, mientras miraba la media luna que el Señor te regaló por tu cumpleaños, recordé que esa ultima tarde, minutos antes de que le diéramos a la ropa el perdón y la recogiéramos de aquel rincón donde la teníamos castigada, tú con toda la seriedad el mundo en los labios, con toda la seriedad de los cielos en tus ojos, me miraste a los ojos y moviste la nariz, una y otra vez, creo que solo dos veces y no dijiste nada, yo te miré y tampoco dije nada pues te estaba guardando en mis recuerdos.


Ayer, enfrente de la luna y antes de que el polvo del silencio brotara junto con las lágrimas, me acordé que al Señor le encantan las malditas bromas. Casi te puedo jurar que escuché una carcajada mientras la medialuna sonreía y entonces recordé que un día creí en tu palabra y en Él y en que tú me faltas y Él no sé, y también que así… así como moviste la nariz, así hacen los conejos

Due® 28.5.12 en una tarde en la que los recuerdos están tan a flor de piel que quisiera hacer un ramillete y venderlo y regalarlos, acaso ponerlos en el florero de la mesa a que se marchiten.

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Última edición:
jajajajaja, a mí también me gustó, miré la fecha jjaja,
que bonito, no dije nada pues te estaba guardando en mis recuerdos.
U abrazo
 
Me ha encantado su obra i querido maestro.
Un placer leerle. Besos con cariño.
 
Una tarde, tú allá desde tu mundo, y yo en el mío creyendo que jamás te irías, hicimos un cuento. Tú me preguntaste ¿cómo hacen los conejos?, traté de adivinarlo, pero tu voz era tan seria y a la vez tan simple que no pude entenderla.

Recuerdo que esa vez estábamos mirando la luna, así que asumí que tu pregunta se refería a la cara bella, a la cara en donde te veo cada vez que me haces falta. Hablamos de fantasías, de leyendas de amor que en nada se parecería a la nuestra, nos imaginamos tirados en el pasto en un predio que no había sido de nadie, solo nuestro.

Hicimos planes para vernos, para que solo nuestro aliento fuera el viento que nos separara y nos vimos.

Nuestras bocas jugaron con los labios, con los cuerpos, con las palabras, sin palabras, nuestros dedos no se conocieron, sin pudor se enredaron por todos los rincones que ya se sentían olvidados, por el pelo, por la piel por cada centímetro de piel que en mi cuerpo hoy te recuerdan, no sé tú si lo sentiste, pero yo puedo jurar que nuestras almas se abrazaron, nuestros sexos se inventaron en amor a la hora de hacer el sexo.


Después: silencio, con tu huida levantaste el polvo de cada uno de mis sentimientos y se me escondió en los ojos. Levantaste un mar de silencio, mi corazón dejó de escuchar y a mis oídos les nació un murmullo tan azul, tan frío, tan callado que ni sentándome en la banqueta a extrañarte escucho nada.


Ayer, agua de mis mares, mientras miraba la media luna que el Señor te regaló por tu cumpleaños, recordé que esa ultima tarde, minutos antes de que le diéramos a la ropa el perdón y la recogiéramos de aquel rincón donde la teníamos castigada, tú con toda la seriedad el mundo en los labios, con toda la seriedad de los cielos en tus ojos, me miraste a los ojos y moviste la nariz, una y otra vez, creo que solo dos veces y no dijiste nada, yo te miré y tampoco dije nada pues te estaba guardando en mis recuerdos.


Ayer, enfrente de la luna y antes de que el polvo del silencio brotara junto con las lágrimas, me acordé que al Señor le encantan las malditas bromas. Casi te puedo jurar que escuché una carcajada mientras la medialuna sonreía y entonces recordé que un día creí en tu palabra y en Él y en que tú me faltas y Él no sé, y también que así… así como moviste la nariz, así hacen los conejos


Due® 28.5.12 en una tarde en la que los recuerdos están tan a flor de piel que quisiera hacer un ramillete y venderlo y regalarlos, acaso ponerlos en el florero de la mesa a que se marchiten.

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a mi también me gusta como escribes, haces de una prosa poéticos versos, recreativo es leerlos

saludos cordiales
 

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