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Ayinhual (parte 8 de 8)

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Cris Cam, 19 de Febrero de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 196

  1. Cris Cam

    Cris Cam Poeta adicto al portal

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    Hombre
    El éxtasis de la huala


    “No nací para compartir el odio, sino el amor”.
    Antígona. Sófocles.



    Feliz estaba la doncella de ver que su hombre, hasta hace una faz de luna, hombre muerto y ahora colgando sus hombros sobre dos horquetas se animaba a mirar al sol con esperanza. Pero mucho más cuando supo cómo toda mujer sabe que en su vientre había nueva vida. Motivo más que suficiente para arrancarle más vida a la vida. Y así luego de toda una luna en que se refugiaron entre jagüel, loma y bosque de alerces, viendo que Llancañir ya podría, con sus muletas caminar las diez leguas de regreso a la toldería, se lo planteó seriamente.

    Allí va con su rengo amante, su viril esposo en honda y viva luz hacia aquel horizonte, llevando sus pasos consuelo, vientre fecundo, contento el corazón y la sonrisa que hacían de sus hoyuelos, y sus colmillos, aún infantil es una imagen de dicha para cualquier hombre de la tierra.

    No va solo su espíritu, lleno ya de los placeres que da la juventud y la carne, sino la certeza de la doble alegría que sentirá la aldea al saber que viven los que creían muertos y, de yapa, nueva estirpe. Que su humano corazón que sobrepasa mapu, mar y universo, tiene el mayor tesoro que hace del súbdito soberano, del esclavo amo, de la agonía pletórica vida. Que es en la humilde semilla donde reside la potencia inaudita del álamo.

    Le parece más diáfano el mañana de puro y claro cristal de quien no conduce al cadáver de un guerrero sino al padre vivo y reluciente del fruto de su vientre. De a ratos, Ayinhual se arrodillaba, para besar la tierra, morder el pasto fresco, alejada ya para siempre la tristeza y derrotado el dolor.

    Liberada su trenza, cae su largo y rubio cabello sobre su blanca espalda, un mar de piel y estrellas, sobre sus aún pequeños y dulces pechos. Se confunden sus ojos con verdor de las acacias que llenas del vigor del verano extrañan las nevadas del largo invierno.

    No hay tiempo para el llanto, porque luego de verle la cara, ojo sobre ojo, a la muerte todo lo que queda sólo es contento. Y deja que el fuerte brazo del rudo ranquel se cobije en su desnuda espalda, mientras ensaya sus largas preces al cielo. Que si de improviso desde atrás de un monte surgiera la muerte vestida de quepis azul ella ha vivido los días más intensos.

    Vos, padre Ngüenechén, que permitiste que mi amado viviera, no sin antes probar su acero como hace el herrero entre fuego y agua que antes de llevarnos a la entraña de la tierra como a todos nos toca, le permitiste derrotar y aplazar el largo sueño. Que aún no conoce esta amante pareja lugar donde cavar su tumba que será poblada, a su momento, por la dicha de esta juventud.

    Que será tu deseo y no el nuestro que nuestra lozanía se convierta en vejez. Arrugada la frente del lancero, caídos sean mis pechos aún no debidamente crecidos, que habrán alimentado de leche y miel, a fuertes lanceros y rubias doncellas. Y cuando mi cabello, ya blanco y mi espalda ya encorvada de tributo a tu nombre desde la sagrada tierra, ellos poblaran el mapu para proclamar la gloria del universo.

    Y para mostrar y mostrarse que aún era niña, alzó, una a una sus rodillas para, sin dejar de caminar y cesar su canto, besárselas. Baja y con su pie, como bailarina de fogones que se ofrece a los guerreros, apunta con él al sol que se posa en la cima de un cerro, y con alegre y despreocupado paso sigue hacia él, con el corazón en la aldea y sus pies en el sendero.

    ¡Ja!. Allí se ven, la bella estrella de la noche, la ausente luna que apenas dibujada por un fino cincel, parece indicarle el camino. La noche es tibia, el aire fresco, y su amado hunde sus muletas en la mullida hojarasca, riendo contagiado de tanta vida a su lado. Hasta pronto, fresco jagüel de las aguas claras, hermoso y vasto plantío de monjes amarillos, dulce pajonal de llamas fulgurantes, testigos necesarios de nuestra aventura

    Llegó, al fin, la dulce pareja, luego de tres días de camino, a la dulce aldea que los creía muertos y sin esperar la orden del cacique, un capitanejo, ordena carnear un joven ternero. Salen de los toldos, incrédulas, las mujeres, admirados los varones, de risas y gritadas carcajadas las niñas, los niños, los viejos.

    Se preguntaban cómo, con un mísero puñal, sobrevivieron a las fieras, cómo el mozo se hizo su par de muletas, que aún el muñón luce rosado. Un grito de asombro, cuando saben que fue el arrojo de la niña el que logró el corte. Allí en la pulcra aldea tuvieron, antes de pasar ocho inviernos, muchos hijos, que Ngüenechén, que asistió a su coraje y valentía, la bendijo con partos dobles.

    Y cuando el cruel ejército derrotó, uno a uno a cada lancero. Al darse por derrotados por el cruel usurpador, sumaron sus yeguas, su caballo, sus ovejas, a las columnas que Ramón formó para salvar lo poco que quedó.

    Años, pasarán para que la huala, nacida de cautiva en un toldo pampeano, muera a la orilla del mar chileno. Porque para Ngüenechén, todo es parte del universo.
     
    #1

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