rosa amarilla
Poeta que no puede vivir sin el portal
Azucena abrió los ojos,
se encontraba en su habitación,
la habitación de la residencia donde sus hijos la habían tenido que internar unos meses antes.
Con todo el dolor de sus corazones, pero su madre se encontraba en un estado en el que era imposible dejarla sola y ellos tenían que trabajar, para salir adelante
La había despertado el ruido de las cuidadoras por el pasillo,
Como cada día, ella abrió sus ojos y su mirada permanecía perdida en algún lugar del tiempo
La llamaron, pero ella no reconocía ni su propio nombre
La vistieron con esmero, le habían tomado cariño a esa viejita de ojos tristes y perdidos
Después de comer las cuidadoras la sacaron a la placita que había en la entrada de la residencia, ella caminaba por su propio pie, pero no podían dejarla sola
Se sentaron en un banquito a la sombra de un hermoso chopo, Azucena miraba con sus tristes y extraviados ojos.
Se juntaron con otras cuidadoras y más viejitos de la misma residencia y en un momento dado Azucena se puso de pie
Nadie se dio cuenta de que Azucena comenzaba a caminar, ella sintió de pronto que tenía que ir a algún lugar, que alguien la llamaba, que alguien pensaba en ella
Poco a poco, la negrura de su mente se fue disipando y recordó una sonrisa, unos ojos, una voz
Continuaba caminando y las calles se iban haciendo familiares para ella, sabía exactamente a donde se dirigía
De pronto se miró las manos y ya no estaban arrugadas, se tocó la cara y la sentía tersa y su paso cada vez era más liviano y veloz
Y de pronto se vio en esa calle tan familiar para ella
Azucena sintió una enorme emoción, que le estrujaba el pecho
Se sentó en el banco que había justo enfrente de esa puerta, que ella tantas veces había pasado caminando por esa calle y con las manos entrelazadas, esperaba ver aparecer por alguna esquina esos ojos que golpeaban con furia, sus recuerdos y su corazón
Las cuidadoras la encontraron tumbada en el suelo, pegada a una puerta y encogida como una niña pequeña
Su corazón ya no latía, se había parado porque en un momento dado, no pudo resistir la fuerza de ese sentimiento que le embargaba
Las cuidadoras la abrazaron con ternura y pudieron ver, que a pesar de la rigidez de la muerte, en la cara de Azucena había una enorme paz y una sonrisa infinita
[MUSICA]http://www.goear.com/listen/5420a61/adagiio-albinoni[/MUSICA]