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Babe

Tema en 'Prosa: Obra maestra' comenzado por Mr. Pisco, 9 de Abril de 2018. Respuestas: 3 | Visitas: 457

  1. Mr. Pisco

    Mr. Pisco el escritor desnudo

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    BABE


    John a sus doce años no quería más encariñarse con los animales como cuando era un niño pequeño. Pero su padre se le había acercado antes de volver a su trabajo en Arequipa. –Podría comprar otro can para que cuide la casa si quieres antes de irme--. Pero su hijo se sentía vacío hasta había empezado a fumar y creía que sus padres todo lo arreglaban o con dinero o con comida, pero ya nada de eso hacía que se sintiera vivo. John dijo que lo pensaría aunque era una tontería siquiera pensar en algo que tantas tragedias y malas acciones habían inspirado en toda su apática y vulgar familia.

    La primera vez que John tuvo una mascota fue cuando iba a celebrar su cumpleaños número seis, y su abuelo unas semanas antes de morir le obsequió un cachorro muy lindo de unos seis meses que era muy juguetón. Un “Cooker” para ser exactos. John todo el tiempo jugaba con “mimo” como le había puesto a su cachorro y no se cansaba nunca. Lo sacaba a pasear, lo bañaba, y lo hacía dormir con él. Todo ello sin la supervisión de su madre que parecía irritada con todo el asunto y parecía odiar a “mimo” y a todos los animales que no podían comerse como los perros. Un día mimo murió atropellado en la calle mientras John estaba en la escuela. -¿Cómo era eso posible si él mismo lo había dejado encerrado en su habitación?-, se preguntaba el chico, después de enterado de la desgracia de su mascota. Su voluptuosa madre negaba que ella lo hubiera liberado y peor aún echaba la culpa de todo a su propia hija cuando ésta se encontraba ausente. John pensaba que la culpa era todo de su madre y por mucho tiempo odió que su padre y hermana mayor, pero sobre todo su madre prefiriera los animales muertos, sobre todo las carnes de cerdo que eran su bocado favorito; pero el pequeño John lo detestaba por lo que apenas comía la pechuga y pierna de pollo. En las vacaciones de verano cuando John no había cumplido siete años recibió un inmejorable obsequio de su padre, un lindo cachorro de raza dálmata, perro que llenó de alegría el corazón de Jon; entonces abrazó y besó a su padre en agradecimiento, y muy pronto John y su nueva mascota al que puso “Babe” se volvieron inseparables. Parecía muy feliz pese a que su madre lo detestaba, quizás pudiera haber pensado que ahora su hijo querría más al perro y a su padre que a ella. Y para contener su frustración solía cocinar y atragantarse con mucho tocino, chorizo, chicharrones, y demás carne de cerdo. <<OH madre cada vez te ves más obesa>>, pensaban sus dos hijos que tenían miedo de acercarse a ella. Pero un día “Babe” también moriría por tragarse con carne de cerdo contaminada casi seis meses después de llegar a los brazos del chico. Sin duda fue ese un tremendo golpe para John que volvía a culpar de todo a su madre, porque era la única que detestaba a su perro. Pero ella solo parecía indiferente a su sentimiento de dolor.

    El dolor y vacío que había sufrido John por la pérdida de sus mascotas, era ignorado por sus padres y solo su hermana mayor había notado que John ya no era el niño social y alegre que era antes. Por lo que un día se decidió a regalarle una nueva mascota, pero no sería nada divertido para él. Su astuta hermana le regaló un gato de unos meses de edad, John al principio intentaba quererlo y jugar con el minino, pero todo terminaba en un embrollo para él que recibía arañazos e indiferencia de parte del gato que prefería dormir más que nada en el mundo. John contaba todas las cosas que le pasaban por culpa del gato a la hora de la cena en derredor de la mesa; y su hermana se reía tanto como su madre pero su padre no decía ni pío, y eso era lo que más molestaba al niño. Así que decidió que era hora de deshacerse del gato, y lo metió en un cilindro que rebasaba de agua y lo ahogó. John estaba creciendo con ese rencor acumulado por dentro. A veces pensaba que odiaba a su madre tanto como para que se muriese y algunas otras veces sentía lastima por ella al verla tan gorda que apenas y podía caminar.

    Por eso que John parecía estar en la luna, sumido en sus propios pensamientos y siempre tan solitario incluso cuando sus padres estaban ahí y querían comunicarse con él. Al llegar la noche cuando la familia estaba reunida a la mesa, y luego de ver que su madre había servido cerdo al horno y que lo disfrutaba sin siquiera darse cuenta a como le miraban sus hijos. John aceptó la propuesta inicial de su padre, solo que no quería un perro como mascota sino un lechón. Su madre pareció atragantarse con la carne de cerdo, lanzó como un bufido extraño y de inmediato salió en dirección del baño para vomitar. Por nada del mundo su madre querría un cerdo en la casa y se negó a toda costa pero fue convencida por su marido de mala gana; porque a voz de trueno nadie puede hacer más que acceder por más oídos sordos. En esos momentos John la miraba impasible, y hasta había maldad en sus ojos como si vengarse de ella quisiera, cosa que no notó nadie mientras comían tan delicioso platillo.

    –No serás el primero en tener uno como mascota de todos modos–, decía su padre y siguió. –mañana temprano haremos un corral en el patio grande de atrás, y de inmediato veré de dónde diablos te traigo un cerdito como el de la película–, rieron juntos padre e hijo. –Gracias padre, juro que lo cuidaré, y que recibirá toda la atención del caso y esta vez no dejaré que nada me lo mate–, decía John sarcástico y con una media sonrisa malévola cerca de cumplir sus trece años. Madre e hija rieron del infantil comportamiento de John, además que siempre se negaba a comer la carne de cerdo porque le causaba tremendos dolores estomacales.

    El lechón de John era uno realmente lindo, rosadito, de cerdas suaves y blancas, y al que también le puso “Babe” en memoria de su último can. De repente John volvió a sentirse no tan solo, y pasaba más tiempo con su mascota que ya no pensaba mucho en causar problemas. Babe y John eran inseparables al principio: comían, salían a dar vueltas por el parque, se bañaban y hasta dormían juntos en un colchón en el piso de su cuarto a escondidas de su madre. John aprendió a querer a Babe hasta el punto de considerarlo como un amigo, y ya no se avergonzaba de él delante de algunos conocidos del barrio.

    –Y cuando sea más grande ¿qué harás con el marrano? –Preguntaba burlonamente un chico de la cuadra que lo conocía –Creo que será jamón–, respondía otro. –No, será un delicioso cerdo al horno. John los ignoraba y se iba son decir nada.

    Al principio los chicos de su cuadra creían que se trataba de un simple capricho para molestar a su madre y hermana; pero con el tiempo y mientras más pasaba el chico con el cerdo más hacía pensar que John era un maldito caso perdido.

    Los años pasaron, Babe se fue haciendo más grande, y John empezó a mostrar menos interés por el cerdito que ya había perdido la belleza de su primeros años y ahora no era más que un cerdo listo para el matadero. John seguía siendo insociable, a sus quince años prefería tirarse la pera, beber con algunos amigos mayores, y fumar marihuana. Ya no era un niño pequeño, media como un metro sesenta y aunque no era popular en el colegio al menos mantenía unas regulares calificaciones para no sufrir el jodido sermón en casa.

    El tiempo parecía lleno de ira, a veces demasiado melancólico, llovía o soleaba de un día para otro como John y sus pensamientos. Aun así John se levantaba a la misma hora todos los días, y se alistaba para ir al colegio. Pasaron unas semanas, luego un mes y medio hasta que la madre de John recibió noticas graves para pesar de toda su familia. Su esposo y padre de sus dos hijos había muerto cuando el bus en el que estaba se precipitó hacia la mar en la ruta abismal de “Casapalca”. Cuando se reunieron en la mesa, John vio por primera vez llorar a su hermana. Y él parecía estar en las nubes, como si todo fuera una especie de sueño que no pudiera creer, ni una lágrima salió de sus ojos hasta el día del entierro, cuando lloró porque entonces si era oficial que estaba solo en el mundo, y que ya no podía hacer nada para cambiar el pasado. Solo le quedaba Babe al que aún podría aferrarse de vez en cuando si no tenía más nada que hacer sino buscar su compañía. El único recuerdo vivo de su padre y John volvía a querer a Babe para sí aunque eso jodiera a su gorda madre. Pero ese mismo día trágico, también oiría una grave noticia para Babe, porque su madre les comunicaba sin miramientos ni sentimentalismos que pudiera tener su hijo que iban a matar a Babe para preparar un gran almuerzo en honor a su querido esposo, para los invitados en una ceremonia que se realizaría en nombre de su querido padre.

    Pero John no estaba dispuesto a aceptar tal cosa, no era lo que hubiera querido su padre según él. Así que con la ayuda de un sujeto, animado por el alcohol y cigarrillos que le prometió John se adentraron al patio trasero de la casa y abrieron la jaula en donde dormía su querido “Babe”, que se veía hambriento, porque apenas tuvo la oportunidad cercenó la mano izquierda del sujeto que intentó tocarlo. Entonces los tremendos gritos de dolor despertaron a la madre de John:

    --¿Quién anda ahí? Gritó la señora viuda mientras se ponía algo de ropa…

    Su amigo de juergas que se desangraba huyó de todo el asunto mientras maldecía y sin poner la menor atención, cruzó la calle y antes de llegar a la acera de enfrente, fue arrollado por una camioneta que iba a toda marcha y que desapareció segundos después. John hizo de todo para mover a su pesado cerdo de su jaula pero como no lo lograba, lo hizo enfurecer, entonces Babe se puso a cuatro patas y lo derribó para luego salir y perderse entre las cosas viejas que guardaba su padre y la negra oscuridad del patio grande en busca de algo que llenara su hambre atroz. La obesa señora salió con linterna en mano para saber a qué diablos se debía el tanto ruido en su patio. Camino con sigilo, apuntando la luz de la linterna hacia el medio, los rincones oscuros y alrededores pero el cerdo no estaba en la jaula.

    <<Maldita sea Jon, maldita sea>> pensó enfurecida. –Ese maldito cerdo debería estar muerto ya—susurró ella mientras apuntaba la linterna hacia el corral, --y ahora seguramente el cerdo debe haber escapado — gritó la obesa cascarrabias. –Malditos sean…

    Era como si hubiera oído que lo invocaban, el maldito cerdo apareció de entre las sombras de un extremo del patio; la vieja obesa lo vio de reojo cuando se volvía para entrar, lo vio como una gran sombra mucho más grande qué ella y sintió miedo pero volteó. En ese instante “Babe” lanzó un feroz gruñido y al mismo tiempo se abalanzó sobre la madre de su dueño, que siempre había querido cobrar venganza de obesa madre pero no de esa manera; y éste que se había quedado horrorizado no se atrevió hacer nada para salvar a su madre; simplemente corrió por temor a lo que le pudiera pasar también a él si intervenía. Una hora después cuando John volvió con una patrulla de policía, descubrió juntos a los dos efectivos del orden la espantosa escena de sangre que había sido capaz de dejar aquel puerco, su cerdo. Su madre había sido decapitada pero, su cabeza no estaba por ninguna parte, mientras que de su cuerpo todas las vísceras habían sido extirpadas salvajemente. En ese momento John parecía estar en sus cinco sentidos por primera vez y se sintió destrozado por dentro. << La jaula >> pensó. –No hemos buscado en la jaula— se acercó a la jaula con sigilo mientras los policías iban atrás de él. Apuntó la linterna hacia su interior y lo que vería lo dejaría en shock; la cabeza de su madre estaba entre las extremidades del cerdo que parecía dormir. Algo horrendo, parecía su trofeo de guerra. John sintió un hondo escalofrío y sintió ganas de vomitar. El chico no se dio cuenta que el cerdo se incorporaba y se apresuraba a atacarlo; entonces oyó un gritó rápido.

    –¡cuidado! –gritó un agente policial y John retrocedió, cayendo de espaldas, casi en el mismo instante sonaron como diez o quince sonidos de bala que detuvieron al señor cerdo que seguía sediento de sangre y se desplomaba en el suelo.

    -Oh no Babe, ¡Noooooo!... gritaba John totalmente perturbado y lloraba apoyado sobre la monstruosidad de su cerdo.

    Tendido allí en medio del patio bañado por una luna que a medias se descubría, Babe miró a John por última vez con sus negros ojos profundos como si ni siquiera valiera la pena tragárselo y, una sensación que es difícil de describir, como si después de todo el animal si hubiera sentido un auténtico afecto por su dueño. Fin



    un cuento inspirado en un concurso de cerdofilia de una editorial
    y de la que no forme parte.

    Lima - Perú
    el escritor desnudo
     
    #1
    A homo-adictus le gusta esto.
  2. Maramin

    Maramin Moderador Global Miembro del Equipo Moderador Global Corrector/a

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    Impresionante, excelente redacción.

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    #2
  3. Mr. Pisco

    Mr. Pisco el escritor desnudo

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    gracias Maramin,
    aunque creo que pude haberlo hecho mejor

    saludos estimado poeta
     
    #3
  4. Lucier_Escritor_

    Lucier_Escritor_ Emociones del corazón

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    El banco 2


    La contabilidad , en el banco del alma ,almacenado en el cofre del corazón, en la caja fuerte donde están depositados los recuerdos, en categorías donde conviven el pasado con el presente, en la bóveda del banco ¡Sí!, allí guardo todos los documentos , que cuentan la historia de mi vida , se puede preguntar en la mesa de entrada hábiles empleados constatarán la veracidad de mis palabras alojadas en el banco del alma es amplio hasta llegar donde esta situado el tesoro, en el corazón de aquel recinto , esta mi cuenta bancaria ,allí está toda la verdad en el tesoro mayor que guardo sin que nadie lo sepa, hasta que saque el deposito , que he puesto en plazo fijo cuando se cumpla el tiempo para traerlo conmigo.


    Lucier
     

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