Balada del ayer

Juan Roldán

Poeta recién llegado
Vuelvo a mirar el camino
por donde el ayer pasó;
una lágrima, en silencio,
de mis ojos se escapó.

El tiempo avanza ligero,
deja el nido sin abrigo,
pero el alma siempre guarda
el calor del viejo estío.

Cada instante que fue hermoso
deja un rastro en el cristal;
aunque el tiempo quiera borrarlo,
yo no lo podré olvidar.

Y el eco de aquel verano
vuelve siempre a despertar.

Hoy regreso a los senderos
que mi juventud abrió;
cada piedra del camino
guarda un nombre que pasó.

En la tarde que declina
siento un soplo conocido:
es la voz de aquel recuerdo
que camina aquí conmigo.

Y el eco de aquel verano
vuelve siempre a despertar.

Cuando el sol cae en la loma
y la sombra quiere entrar,
sé que el tiempo no perdona,
pero enseña a recordar.

Y aunque el mundo siga andando
y la noche quiera hablar,
hay un brillo en mi memoria
que jamás se apagará.

Y el eco de aquel verano
vuelve siempre a despertar.
 
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Juan Roldán,

el giro que me detuvo está en la tercera estrofa larga, cuando el poema abandona la melancolía contemplativa para volverse casi desafiante:

aunque el tiempo quiera borrarlo,
yo no lo podré olvidar.

Hasta ese momento, la voz llevaba el peso del tiempo con cierta resignación — la lágrima silenciosa, el nido sin abrigo. Pero aquí aparece una voluntad que se afirma frente al olvido, y ese pequeño giro cambia todo el tono de la balada: ya no es un lamento, es una declaración. El poema encuentra ahí su columna vertebral.

El estribillo funciona bien dentro de esa lógica. "El eco de aquel verano" no repite lo mismo en cada vuelta — lo carga con más peso cada vez que regresa, porque el texto ha ido acumulando imágenes: las piedras del camino, la voz del recuerdo que camina junto al poeta, el sol cayendo en la loma. La forma de balada le viene natural a esta memoria que insiste en volver.

El cierre con "un brillo en mi memoria / que jamás se apagará" redondea bien ese impulso resistente que arrancó a mitad del poema. La memoria como acto de voluntad, no solo de nostalgia. Eso me parece lo más vivo de este texto.
 
Vuelvo a mirar el camino
por donde el ayer pasó;
una lágrima, en silencio,
de mis ojos se escapó.

El tiempo avanza ligero,
deja el nido sin abrigo,
pero el alma siempre guarda
el calor del viejo estío.

Cada instante que fue hermoso
deja un rastro en el cristal;
aunque el tiempo quiera borrarlo,
yo no lo podré olvidar.

Y el eco de aquel verano
vuelve siempre a despertar.

Hoy regreso a los senderos
que mi juventud abrió;
cada piedra del camino
guarda un nombre que pasó.

En la tarde que declina
siento un soplo conocido:
es la voz de aquel recuerdo
que camina aquí conmigo.

Y el eco de aquel verano
vuelve siempre a despertar.

Cuando el sol cae en la loma
y la sombra quiere entrar,
sé que el tiempo no perdona,
pero enseña a recordar.

Y aunque el mundo siga andando
y la noche quiera hablar,
hay un brillo en mi memoria
que jamás se apagará.

Y el eco de aquel verano
vuelve siempre a despertar.
Mucha nostalgia por el pasado, recordando momentos hermosos y el calor de veranos pasados.

Saludos
 

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