El Poeta del Asfalto
Poeta adicto al portal
Sube y baja el lomo como un agónico fuelle
ni su mejor esfuerzo puede devolverla a su esencia.
Error, o destino,
quien sabe,
el animal no razona.
No comprende tal vez lo que es morir,
pero sabe que muere
De tanto en tanto
abre el ojo tremendo,
y nos mira con tristeza.
Su posición lateral le impide ver el cielo,
aunque lo busca.
Pero sólo ve nuestras alargadas figuras
que nos devuelve su pupila mojada.
Tal vez piense que somos los verdugos.
Los porteros de algún infierno en quiebra,
o los ángeles misérrimos de su cielo pobre.
Lo mismo da ahora en estos instantes
en que somos todos seres vivos sin fronteras.
Pese a la indefensión,
y lo ridículo de su pose,
conserva su dignidad intacta el cetáceo.
Tal vez sea lo enorme de su talla,
o la piedad que cualquier agonía despierta.
La acariciamos, y no nos teme,
nos sabe inofensivos ,
o le preocupa más bien la asfixia.
Intentamos hacerla girar por el pedregullo,
pero no logramos moverla un ápice
desde donde la dejó la marea baja.
Nos consolamos soñando que nos entiende.
Su gemido se va haciendo leve,
como diciéndonos:
Ya déjenme pequeñas criaturas,
adiós,
o hasta luego.
¿quién puede saberlo a esta altura?
Aprendan de la ballena varada.
Váyanse a vivir hondamente.
Déjenme aquí esperando,
a mí también me dolería el no poder salvarlos,
pero qué remedio.
Déjenme,
y gracias por todo.
ni su mejor esfuerzo puede devolverla a su esencia.
Error, o destino,
quien sabe,
el animal no razona.
No comprende tal vez lo que es morir,
pero sabe que muere
De tanto en tanto
abre el ojo tremendo,
y nos mira con tristeza.
Su posición lateral le impide ver el cielo,
aunque lo busca.
Pero sólo ve nuestras alargadas figuras
que nos devuelve su pupila mojada.
Tal vez piense que somos los verdugos.
Los porteros de algún infierno en quiebra,
o los ángeles misérrimos de su cielo pobre.
Lo mismo da ahora en estos instantes
en que somos todos seres vivos sin fronteras.
Pese a la indefensión,
y lo ridículo de su pose,
conserva su dignidad intacta el cetáceo.
Tal vez sea lo enorme de su talla,
o la piedad que cualquier agonía despierta.
La acariciamos, y no nos teme,
nos sabe inofensivos ,
o le preocupa más bien la asfixia.
Intentamos hacerla girar por el pedregullo,
pero no logramos moverla un ápice
desde donde la dejó la marea baja.
Nos consolamos soñando que nos entiende.
Su gemido se va haciendo leve,
como diciéndonos:
Ya déjenme pequeñas criaturas,
adiós,
o hasta luego.
¿quién puede saberlo a esta altura?
Aprendan de la ballena varada.
Váyanse a vivir hondamente.
Déjenme aquí esperando,
a mí también me dolería el no poder salvarlos,
pero qué remedio.
Déjenme,
y gracias por todo.