Qué ingenua fui,
devorando tus mentiras
como si fueran gotas de rocío
sobre los labios de una flor sedienta.
Las sentí dulces,
como caramelo que se derrite en la lengua,
como la brisa fresca
que engaña al fuego del mediodía.
No sentí el filo que se deslizaba,
ni el susurro áspero en mi garganta.
Las tomé sin miedo,
como quien bebe del agua encantada
que calma pero envenena.
Mis sentidos,
cansados de tanta espera,
ya no sabían distinguir
entre la ternura y el veneno,
entre lo puro y lo podrido.
Tus palabras, tan suaves,
eran espinas disfrazadas de pétalos,
charcos turbios cubiertos de espejos.
Y aun así,
me las bebí todas,
sorbo a sorbo,
verso a verso,
hasta que estalló en mí
un silencio amargo
y comprendí
que había hecho un festín
con tus sombras.
-Dior
devorando tus mentiras
como si fueran gotas de rocío
sobre los labios de una flor sedienta.
Las sentí dulces,
como caramelo que se derrite en la lengua,
como la brisa fresca
que engaña al fuego del mediodía.
No sentí el filo que se deslizaba,
ni el susurro áspero en mi garganta.
Las tomé sin miedo,
como quien bebe del agua encantada
que calma pero envenena.
Mis sentidos,
cansados de tanta espera,
ya no sabían distinguir
entre la ternura y el veneno,
entre lo puro y lo podrido.
Tus palabras, tan suaves,
eran espinas disfrazadas de pétalos,
charcos turbios cubiertos de espejos.
Y aun así,
me las bebí todas,
sorbo a sorbo,
verso a verso,
hasta que estalló en mí
un silencio amargo
y comprendí
que había hecho un festín
con tus sombras.
-Dior