Tobare
Poeta recién llegado
Basural
Por décimo sexta vez visito tu red social,
llueven los cristales encima de las horas,
una grieta es abierta dentro de un rincón solar,
sobre el verde pasto desfallecen amapolas.
La sombra del recuerdo tu luz vino a eclipsar,
cabalga el viento encima de las olas
el vacío de la sangre no me deja ni pensar,
tu imagen dando vueltas, el mar es la congoja.
No es mucho lo que tengo que decir en el poema,
más que confesar el estropeado amor
que me acecha desde el suelo,
mientras camino mirando el celular,
imaginando mensajería rota que no llega,
falsos ringtones simulando lunas llenas,
música electrónica afinando las esperas.
(Pero antes de seguir, hija de mis ojos,
nada más quiero advertir
que en este poema no invocaré
bosques en tu nombre,
ni imaginarios lagos
u opacas estrellas,
porque nada de eso existe hoy en día,
sino que han pasado a ser
el agrio baldío indiferente hacia la lluvia,
el cráter de peces cadavéricos
del cual hablaron los ancianos
o lumínicas nubes pastoreando las ciudades.
Pero en fin,
no es que aquello en realidad
venga mucho al caso;
solamente quería que abrieras la mirada,
para que vieras aquella naturaleza muerta
no pasearse por tus ojos ni los míos.
Ahora proseguiré con el poema).
La calle se abre deforestada como jungla,
reflujos diabéticos tragando omeprazoles,
cristianos en farmacias rematando oraciones
de excrementos atascados
bajo indómitas cañerías
de paisajes sin rumbo
y ciegos roedores.
Así que todavía no mires, por favor,
este amor estropeado que dejaste
pudrirse sobre extenuados ríos,
para ser puestos a secar
sobre aquellos hilos
de espectrales cementerios
donde vienen a morir polares osos
que fascinaron a los niños
en comerciales de bebidas.
Oh, dime tú, ave de las sombras,
¿Dónde oculto esta maraña de regurgitaciones?
Este conjunto de averiados etcéteras
puestos a descansar sobre mi pecho azul
como abandonados neumáticos reposando en basurales,
como plástica botella o atascada bolsa
en desesperada branquia de animal marino.
Vuelan las gaviotas encima de la tierra,
depositando basurales dentro del güerguero:
una papa frita del Mc Donald,
el regurgitado nervio de la carne,
una foto nuestra, abrazados, sobre el suelo.
Rumio tu recuerdo,
mientras con la mirada rota
me interroga el sucio mundo:
meados basureros,
excrementicios acueductos,
escuálidos esteros
prestos a desembocar
en sangrientos genitales
de mórbidas obesas.
Y degluto picnics, primaveras,
de rosas secas sobre pianos,
de violines durmiendo en manicomios
con TVs sintonizando festivales
de madres criando minerales
y vaciadas mentes como bodrios.
Y en este encierro de asfixia contradicha,
contemplo tu foto reposar dictatorial,
mirando el mundo arriba de repisas.
¡Ay que tu partida no signifique la desdicha!
Si por mero vicio vuelvo a tu Instagram,
cuando de mi vida fuera estés definitiva.
4 de julio 2019
Santiago
Por décimo sexta vez visito tu red social,
llueven los cristales encima de las horas,
una grieta es abierta dentro de un rincón solar,
sobre el verde pasto desfallecen amapolas.
La sombra del recuerdo tu luz vino a eclipsar,
cabalga el viento encima de las olas
el vacío de la sangre no me deja ni pensar,
tu imagen dando vueltas, el mar es la congoja.
No es mucho lo que tengo que decir en el poema,
más que confesar el estropeado amor
que me acecha desde el suelo,
mientras camino mirando el celular,
imaginando mensajería rota que no llega,
falsos ringtones simulando lunas llenas,
música electrónica afinando las esperas.
(Pero antes de seguir, hija de mis ojos,
nada más quiero advertir
que en este poema no invocaré
bosques en tu nombre,
ni imaginarios lagos
u opacas estrellas,
porque nada de eso existe hoy en día,
sino que han pasado a ser
el agrio baldío indiferente hacia la lluvia,
el cráter de peces cadavéricos
del cual hablaron los ancianos
o lumínicas nubes pastoreando las ciudades.
Pero en fin,
no es que aquello en realidad
venga mucho al caso;
solamente quería que abrieras la mirada,
para que vieras aquella naturaleza muerta
no pasearse por tus ojos ni los míos.
Ahora proseguiré con el poema).
La calle se abre deforestada como jungla,
reflujos diabéticos tragando omeprazoles,
cristianos en farmacias rematando oraciones
de excrementos atascados
bajo indómitas cañerías
de paisajes sin rumbo
y ciegos roedores.
Así que todavía no mires, por favor,
este amor estropeado que dejaste
pudrirse sobre extenuados ríos,
para ser puestos a secar
sobre aquellos hilos
de espectrales cementerios
donde vienen a morir polares osos
que fascinaron a los niños
en comerciales de bebidas.
Oh, dime tú, ave de las sombras,
¿Dónde oculto esta maraña de regurgitaciones?
Este conjunto de averiados etcéteras
puestos a descansar sobre mi pecho azul
como abandonados neumáticos reposando en basurales,
como plástica botella o atascada bolsa
en desesperada branquia de animal marino.
Vuelan las gaviotas encima de la tierra,
depositando basurales dentro del güerguero:
una papa frita del Mc Donald,
el regurgitado nervio de la carne,
una foto nuestra, abrazados, sobre el suelo.
Rumio tu recuerdo,
mientras con la mirada rota
me interroga el sucio mundo:
meados basureros,
excrementicios acueductos,
escuálidos esteros
prestos a desembocar
en sangrientos genitales
de mórbidas obesas.
Y degluto picnics, primaveras,
de rosas secas sobre pianos,
de violines durmiendo en manicomios
con TVs sintonizando festivales
de madres criando minerales
y vaciadas mentes como bodrios.
Y en este encierro de asfixia contradicha,
contemplo tu foto reposar dictatorial,
mirando el mundo arriba de repisas.
¡Ay que tu partida no signifique la desdicha!
Si por mero vicio vuelvo a tu Instagram,
cuando de mi vida fuera estés definitiva.
4 de julio 2019
Santiago