De la adolescencia, no pasamos.
Pasan los veranos, como carbonizando
cuerpos maltrechos de irisadas alas. Pasan
los inviernos y las primaveras en franca bancarrota;
pues nuestro cuerpo, ya abandonado a la molicie
simple del simple existir sin propósito, no toma la delantera
en casi nada.
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