Nat Guttlein
さん
Dan las 12 del mediodía,
no miré el reloj o la tv indicándolo.
El sonido agudo del reloj de muñeca que está sobre la cómoda
y que chilla afónico sobre toda la casa,
es suficiente notificación para saberlo.
El plato frente a mí me mira,
acusatorio,
frívolo y repleto de malas palabras.
De insultos que me golpean,
y dan justo en el centro de mi estómago.
Mi inapetencia es su culpa obviamente.
En las noches las moscas que vuelan como luciérnagas,
cantan melodías tristes.
Los pañuelos sobre la almohada intentan darme consuelo,
pero las pinceladas verdes musgo que los decoran,
como flores pálidas y marchitas,
me provocan arcadas.
El cuenco a mi izquierda,
se dibuja invisible y esperando mi bilis.
Y aparece lleno de todo,
y nada da de lo que mi plato vacío,
aún contiene frente a mí.
Los sabores que no percibo,
que dan vueltas en mi garganta,
a veces se topan con algún que otro gusano.
De esos que entran por donde no hay puerta,
y salen solamente cuando están satisfechos.
Como los buitres que pesan en mis sienes,
las que de vez en cuando me gritan ideas.
De esas que suelo desparramar entre versos,
si,
como éstos que ahora me encuentran despierta.
La soledad es una compañera vil,
te acostumbras a ella,
pero también a la infección que crece bajo sus uñas.
Las que me persiguen en las madrugadas.
Cuando me hallo prendiendo la luz del velador,
sintiendo su mirada fija en mí.
Pero lo único que mis ojos ven,
son las presencias que alucino.
Dicen que cuando una persona está desahuciada,
comienza a ver cosas que no están.
Dime,
acaso soy yo la que se encuentra muriendo?
El olor nauseabundo me penetra lentamente.
Pero dime algo más,
tu serás acaso una ilusión,
o seré yo la invisible
y tú quién me pinta?.
no miré el reloj o la tv indicándolo.
El sonido agudo del reloj de muñeca que está sobre la cómoda
y que chilla afónico sobre toda la casa,
es suficiente notificación para saberlo.
El plato frente a mí me mira,
acusatorio,
frívolo y repleto de malas palabras.
De insultos que me golpean,
y dan justo en el centro de mi estómago.
Mi inapetencia es su culpa obviamente.
En las noches las moscas que vuelan como luciérnagas,
cantan melodías tristes.
Los pañuelos sobre la almohada intentan darme consuelo,
pero las pinceladas verdes musgo que los decoran,
como flores pálidas y marchitas,
me provocan arcadas.
El cuenco a mi izquierda,
se dibuja invisible y esperando mi bilis.
Y aparece lleno de todo,
y nada da de lo que mi plato vacío,
aún contiene frente a mí.
Los sabores que no percibo,
que dan vueltas en mi garganta,
a veces se topan con algún que otro gusano.
De esos que entran por donde no hay puerta,
y salen solamente cuando están satisfechos.
Como los buitres que pesan en mis sienes,
las que de vez en cuando me gritan ideas.
De esas que suelo desparramar entre versos,
si,
como éstos que ahora me encuentran despierta.
La soledad es una compañera vil,
te acostumbras a ella,
pero también a la infección que crece bajo sus uñas.
Las que me persiguen en las madrugadas.
Cuando me hallo prendiendo la luz del velador,
sintiendo su mirada fija en mí.
Pero lo único que mis ojos ven,
son las presencias que alucino.
Dicen que cuando una persona está desahuciada,
comienza a ver cosas que no están.
Dime,
acaso soy yo la que se encuentra muriendo?
El olor nauseabundo me penetra lentamente.
Pero dime algo más,
tu serás acaso una ilusión,
o seré yo la invisible
y tú quién me pinta?.