sergio Bermúdez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Billones de fantasmas
que acomplejados de las caricias de la muerte
se arrodillaban en los espacios de la tempestad
en las hormigas extraterrestres
se divorciaban de la realidad
en las orillas de la muerte
se abastecía su complejidad
que en las arañas de los siglos de la tempestad de la voz que horrorizaba a las lágrimas
de la eterna ansiedad
de la voz
que crecía en las miradas de una fría eternidad,
las manos iban cazando a los brujos
en la miserias de la realidad,
se iban adhiriendo las brujas
de los confines de la tempestad
que la muerte iba cazando a los aviones
y esta moría en la irrealidad,
en las lágrimas de los centros universales
donde la bacteria de los humos
iba alcoholizando a las vendavales,
en las fuentes que morían
repelidas de las aguas
de allí hasta la embrujada firma
de los castillos invisibles
del periodo de la realidad,
allí donde las almas matan a los sueños
allí donde la profanación de las imágenes tumba a la realidad
y otra vez se levanta la irrealidad
y se baraja su futuro en medio
de la incredulidad
que las voces mataban a los vivos
despiertos
y enlazados a la voz sin habla
a la imagen despierta de los iconos
de las huellas que laten en las esferas de la luminosidad
allí donde hablaba el caracol con la lechuza
y ahí se adornaba la ferocidad
de la muerte en lágrimas,
se hacia pasar la violenta cicatriz en las velas de incienso
así hasta descubrir a la mascara
detrás de su enorme espejo,
la marca de la mirada perdida
en busca de sus principios
para basarse en su respirar
allí donde la muerte ha dicho
ve tú al alma
y yo iré en su sombra
para tapar a la realidad.
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