Hernan Parada
Poeta adicto al portal
Recuerdos futuros
De la unión entre hombre y cosmos,
se alejaba
es por eso que siempre estaba solo con el caos
Caminaba siempre a ciegas,
entre el amor y la ilusión.
De eso se alimentaba.
Nunca madrugaba.
Para mirar el amanecer,
prefería leer todo el día, y amar;
Luego esperaba junto a una botella,
en aquel club de elogios mutuos,
ese que llamamos amistad,
que todas las formas de la noche
escaparan con su borrachera,
para echar sus fuerzas a la brisa tenebrosa de la ausencia.
En seguida la miraba, la tocaba, la sentía.
Aquella mágica aurora,
que desde el fondo de los tiempos a inspirado a las personas,
intranquilas e insatisfechas,
a escribir el día.
El mismo que siempre lee, cuando no madruga.
A veces se volvía rutina, más nunca le importaba
Su forma de amar era tan especial,
que era como la de todos
era personal.
Amar era su única escapatoria de la tierra.
Estaba enamorado ¡Vaya que si¡
Y si reconocía ese sentimiento, estaba desesperado,
más si estaba confundido, estaba enamorado.
Cuando esperaba a su amada,
nunca esperaba,
siempre la felicidad y la tristeza venían y lo distraían.
Su amada, tan breve,
y por breve, tan profunda,
y por profunda, tan desconocida,
y por desconocida, tan ella,
siempre lo desabitaba
Cuando lo miraba,
lo transfiguraba inconsistentemente,
al final no sabía cual era su forma
Cuando le sonreía,
le desarmaba su lectura
el día que siempre leía cuando no madrugaba.
Siempre vivió envenenado
por aquel incontenible odio
que le producían las instituciones,
aquel que siempre callaba.
Estaba envenenado, era de izquierda.
Admiraba la tranquila preocupación
de sus compañeros de vida,
sus amigos, su familia
y sus botellas
Siempre sentía a su familia,
con esa hermosa manera de nunca llegar temprano a casa,
Pero, de igual forma, siempre estaba.
Nunca llegaba temprano,
por ese miedo, tan suyo, al encierro.
Pero llegaba,
por ese miedo, tan suyo, al olvido.
Su aventura siempre fue eso, aventura.
Siempre le ganaba,
por eso nadie le entendía,
Lo obligaba a alucinar contra su voluntad;
Aunque quizás, su voluntad era alucinar,
y no lo sabía.
Creía que la vida es mucha para estar seguro,
por eso, seguro nunca estaba.
Sumergido pasaba el tiempo.
Siempre estaba inmerso en muchas partes al mismo tiempo,
a veces, sin siquiera estarlo de verdad,
solo lo creía;
En el día y en la noche,
en el amor y el odio,
en dios y en él,
en el cielo y en la tierra,
en el mar y en la montaña,
en su amada y en su ilusión,
en la letra y en el limbo
Siempre en dualidades.
Tantas cosas,
que por tantas, tan pocas frente a la vida
no son suficientes,
pero mantienen vivo a un hombre.
Así es que la vida era equivalente con ese poeta desesperado
De la unión entre hombre y cosmos,
se alejaba
es por eso que siempre estaba solo con el caos
Caminaba siempre a ciegas,
entre el amor y la ilusión.
De eso se alimentaba.
Nunca madrugaba.
Para mirar el amanecer,
prefería leer todo el día, y amar;
Luego esperaba junto a una botella,
en aquel club de elogios mutuos,
ese que llamamos amistad,
que todas las formas de la noche
escaparan con su borrachera,
para echar sus fuerzas a la brisa tenebrosa de la ausencia.
En seguida la miraba, la tocaba, la sentía.
Aquella mágica aurora,
que desde el fondo de los tiempos a inspirado a las personas,
intranquilas e insatisfechas,
a escribir el día.
El mismo que siempre lee, cuando no madruga.
A veces se volvía rutina, más nunca le importaba
Su forma de amar era tan especial,
que era como la de todos
era personal.
Amar era su única escapatoria de la tierra.
Estaba enamorado ¡Vaya que si¡
Y si reconocía ese sentimiento, estaba desesperado,
más si estaba confundido, estaba enamorado.
Cuando esperaba a su amada,
nunca esperaba,
siempre la felicidad y la tristeza venían y lo distraían.
Su amada, tan breve,
y por breve, tan profunda,
y por profunda, tan desconocida,
y por desconocida, tan ella,
siempre lo desabitaba
Cuando lo miraba,
lo transfiguraba inconsistentemente,
al final no sabía cual era su forma
Cuando le sonreía,
le desarmaba su lectura
el día que siempre leía cuando no madrugaba.
Siempre vivió envenenado
por aquel incontenible odio
que le producían las instituciones,
aquel que siempre callaba.
Estaba envenenado, era de izquierda.
Admiraba la tranquila preocupación
de sus compañeros de vida,
sus amigos, su familia
y sus botellas
Siempre sentía a su familia,
con esa hermosa manera de nunca llegar temprano a casa,
Pero, de igual forma, siempre estaba.
Nunca llegaba temprano,
por ese miedo, tan suyo, al encierro.
Pero llegaba,
por ese miedo, tan suyo, al olvido.
Su aventura siempre fue eso, aventura.
Siempre le ganaba,
por eso nadie le entendía,
Lo obligaba a alucinar contra su voluntad;
Aunque quizás, su voluntad era alucinar,
y no lo sabía.
Creía que la vida es mucha para estar seguro,
por eso, seguro nunca estaba.
Sumergido pasaba el tiempo.
Siempre estaba inmerso en muchas partes al mismo tiempo,
a veces, sin siquiera estarlo de verdad,
solo lo creía;
En el día y en la noche,
en el amor y el odio,
en dios y en él,
en el cielo y en la tierra,
en el mar y en la montaña,
en su amada y en su ilusión,
en la letra y en el limbo
Siempre en dualidades.
Tantas cosas,
que por tantas, tan pocas frente a la vida
no son suficientes,
pero mantienen vivo a un hombre.
Así es que la vida era equivalente con ese poeta desesperado