Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
Se cuentan por millones las personas
que tienen un miedo cerval
a perder la comodidad del sofá
o el poder -el único que poseen-
sobre el mando del televisor,
a no poder cambiar de teléfono móvil
como si de una muda se tratara
o a no llegar al orgasmo, por los menos
una o dos veces al mes,
en unos grandes almacenes.
Cuando el peligro acecha se cubren
con un manto protector que repele
imágenes y sonidos indeseables.
Así, pueden vivir en paz y felizmente
a su manera. No es de extrañar, entonces,
que los dueños de grandes empresas multinacionales
de la moda o de la telecomunicación
(o de lo que sea a lo que se dediquen)
aparezcan en la áurea lista forbes
de los delincuentes y mafiosos más ricos del mundo,
entre otros motivos, por explotar a ingentes masas
de niños esclavos, porque a millones de personas
que tienen un miedo cerval a perder las migajas
de su miserable vida solo les importa respirar
a través del sofá, ver el mundo haciendo zapping,
trapichear con los móviles (hoy mejor que mañana)
y meterse su chute mensual de grandes almacenes,
en vez de dedicarse a invadir casas blancas,
palacios de oriente o de invierno
y llenar de grilletes y cadenas a sus áureos inquilinos.
que tienen un miedo cerval
a perder la comodidad del sofá
o el poder -el único que poseen-
sobre el mando del televisor,
a no poder cambiar de teléfono móvil
como si de una muda se tratara
o a no llegar al orgasmo, por los menos
una o dos veces al mes,
en unos grandes almacenes.
Cuando el peligro acecha se cubren
con un manto protector que repele
imágenes y sonidos indeseables.
Así, pueden vivir en paz y felizmente
a su manera. No es de extrañar, entonces,
que los dueños de grandes empresas multinacionales
de la moda o de la telecomunicación
(o de lo que sea a lo que se dediquen)
aparezcan en la áurea lista forbes
de los delincuentes y mafiosos más ricos del mundo,
entre otros motivos, por explotar a ingentes masas
de niños esclavos, porque a millones de personas
que tienen un miedo cerval a perder las migajas
de su miserable vida solo les importa respirar
a través del sofá, ver el mundo haciendo zapping,
trapichear con los móviles (hoy mejor que mañana)
y meterse su chute mensual de grandes almacenes,
en vez de dedicarse a invadir casas blancas,
palacios de oriente o de invierno
y llenar de grilletes y cadenas a sus áureos inquilinos.
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