dragon_ecu
Esporádico permanente
Era, la tarde,
la tarde cuando el sol caía.
La tarde,
la tarde cuando fuiste mía.
La tarde,
la tarde que te di mi amor...
La esquina del viejo farol,
recolecta los puchos de espera,
las botellas del frío,
viendo la puerta
del cabarulo.
Ella, alta, rubia, con fina montura
de yegua alzada y vanidosa.
Yo, manoegrasa con gorra volteada,
la comparaba con los afiches del taller.
Una simple visita me restaba
tres días de doble turno,
pero si el hambre pesa,
resulta que la hombría pesaba más,
cuando se acumulaba con coraje,
o de sudores con ansiedad.
Quién diría que luego me daría hijos.
Uno chino siendo yo zambo.
Otro colorado siendo yo cenizo.
Y el último trigueño ojiazul,
siendo los míos negros.
Nunca hubo reclamos de las llegadas tardías,
ni celos por los cardenales mal puestos.
Era todo alegría cuando los lunes y martes,
se comía surtido y sin pena.
Pero los perros le aullaban a la luna igual,
sin saber si ella les escuchaba...
desde el farol de la esquina.
la tarde cuando el sol caía.
La tarde,
la tarde cuando fuiste mía.
La tarde,
la tarde que te di mi amor...
La esquina del viejo farol,
recolecta los puchos de espera,
las botellas del frío,
viendo la puerta
del cabarulo.
Ella, alta, rubia, con fina montura
de yegua alzada y vanidosa.
Yo, manoegrasa con gorra volteada,
la comparaba con los afiches del taller.
Una simple visita me restaba
tres días de doble turno,
pero si el hambre pesa,
resulta que la hombría pesaba más,
cuando se acumulaba con coraje,
o de sudores con ansiedad.
Quién diría que luego me daría hijos.
Uno chino siendo yo zambo.
Otro colorado siendo yo cenizo.
Y el último trigueño ojiazul,
siendo los míos negros.
Nunca hubo reclamos de las llegadas tardías,
ni celos por los cardenales mal puestos.
Era todo alegría cuando los lunes y martes,
se comía surtido y sin pena.
Pero los perros le aullaban a la luna igual,
sin saber si ella les escuchaba...
desde el farol de la esquina.