jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
uno se muere por partes
no completo de una sola vez para siempre en el último instante
como esos puentes que de pronto se colapsan y se vuelven polvo
que flota en el aire unos segundos y luego se dispersa
uno se va desmoronando por horas
por días por semanas por años
mientras el rún rún de la vida ahoga el tenue sonido paralelo
que su desaparición emite
se muere uno ligeramente cada tarde
aunque sea verano y el sol nos caliente la cara
y tengamos el corazón inundado de amor
cada madrugada está gestándose una nueva mínima inapreciable
muerte dentro de nosotros mismos
y nuevos residuos de muerte oscurecen aquí y allá cada pocos segundos
pequeñas manchitas de luz del sol de nuestra vida
una tras otra interminablemente hasta no extinguirlas todas
y así poder abrir la puerta a la llegada de las sombras
cada mañana algo de uno ya no despierta con uno
ya no es más esa partícula animada que vibró por última vez
antes de terminar hundiéndose en algún rincón indeterminado de la noche
vamos muriéndonos sin pausa desde que empezamos a vivir
volviéndonos cada vez más muertos hasta ser sólo un muerto
el muerto completo y acabado que surcará ya para siempre a la deriva
las frías infinitas aguas del mar de la muerte
el muerto que fuimos construyendo día a día sin saberlo
utilizando a tal efecto la propia materia de que estaban hechas nuestras risas
nuestras amarguras nuestras pasiones nuestras tristezas
y que al final acaba siendo la suma de todas las muertes que padecimos
el maravilloso resultado del proceso de morirnos por escalas
que realizamos a lo largo de la engañosa travesía por las arenas del tiempo
a la que alguna vez pudimos llamar vida
no completo de una sola vez para siempre en el último instante
como esos puentes que de pronto se colapsan y se vuelven polvo
que flota en el aire unos segundos y luego se dispersa
uno se va desmoronando por horas
por días por semanas por años
mientras el rún rún de la vida ahoga el tenue sonido paralelo
que su desaparición emite
se muere uno ligeramente cada tarde
aunque sea verano y el sol nos caliente la cara
y tengamos el corazón inundado de amor
cada madrugada está gestándose una nueva mínima inapreciable
muerte dentro de nosotros mismos
y nuevos residuos de muerte oscurecen aquí y allá cada pocos segundos
pequeñas manchitas de luz del sol de nuestra vida
una tras otra interminablemente hasta no extinguirlas todas
y así poder abrir la puerta a la llegada de las sombras
cada mañana algo de uno ya no despierta con uno
ya no es más esa partícula animada que vibró por última vez
antes de terminar hundiéndose en algún rincón indeterminado de la noche
vamos muriéndonos sin pausa desde que empezamos a vivir
volviéndonos cada vez más muertos hasta ser sólo un muerto
el muerto completo y acabado que surcará ya para siempre a la deriva
las frías infinitas aguas del mar de la muerte
el muerto que fuimos construyendo día a día sin saberlo
utilizando a tal efecto la propia materia de que estaban hechas nuestras risas
nuestras amarguras nuestras pasiones nuestras tristezas
y que al final acaba siendo la suma de todas las muertes que padecimos
el maravilloso resultado del proceso de morirnos por escalas
que realizamos a lo largo de la engañosa travesía por las arenas del tiempo
a la que alguna vez pudimos llamar vida