Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Un retrato en el mar perdiendo su pintura,
los dedos del rescate para un hombre de paja,
una lágrima envuelta en un pañuelo,
el recuerdo del viaje para escapar de todo.
Fui solo superficie, una efigie de sal
acuñó mi moneda, pecado capital.
Fui capitán de luces sin anclajes.
Amé lo que he podido, sin mundo ni testigos.
A qué confín llegué dando versos por verte y por besarte.
Si me volví invisible como un cuerpo de espejos,
perdona mis caricias.
Como un beso en los párpados, páramos de mi águila,
las noches fueron largas, los días insalubres.
Si soñé con el llanto de un niño, no llores tú también,
se me irritan los ojos por no verte volver,
se vacía el desierto de calor
porque te llevo dentro.
El viento favorable, el cielo despejado.
La fe que habita el alma no se puede perder.
¿Volver? Volver, volver.
Quizá tu corazón sea también mi isla.
Hoy no te puedo ver, ni llamar, ni decir.
Yo no sé referirme a mis latidos.
Pienso en ti desde lejos aunque te esté besando
con la punta de mi iceberg.
Me riega el desconsuelo, se humedecen mis ojos.
Y me enjugo las lágrimas de la experiencia.
Las lágrimas más largas de la historia.
Y la incógnita vuelve a serenarme, como una solución.
los dedos del rescate para un hombre de paja,
una lágrima envuelta en un pañuelo,
el recuerdo del viaje para escapar de todo.
Fui solo superficie, una efigie de sal
acuñó mi moneda, pecado capital.
Fui capitán de luces sin anclajes.
Amé lo que he podido, sin mundo ni testigos.
A qué confín llegué dando versos por verte y por besarte.
Si me volví invisible como un cuerpo de espejos,
perdona mis caricias.
Como un beso en los párpados, páramos de mi águila,
las noches fueron largas, los días insalubres.
Si soñé con el llanto de un niño, no llores tú también,
se me irritan los ojos por no verte volver,
se vacía el desierto de calor
porque te llevo dentro.
El viento favorable, el cielo despejado.
La fe que habita el alma no se puede perder.
¿Volver? Volver, volver.
Quizá tu corazón sea también mi isla.
Hoy no te puedo ver, ni llamar, ni decir.
Yo no sé referirme a mis latidos.
Pienso en ti desde lejos aunque te esté besando
con la punta de mi iceberg.
Me riega el desconsuelo, se humedecen mis ojos.
Y me enjugo las lágrimas de la experiencia.
Las lágrimas más largas de la historia.
Y la incógnita vuelve a serenarme, como una solución.