Ella fue Eva aunque no lo sabe.
Ella fue la fruta ofrecida y mordida hasta el hueso.
Y Dios…
Dios es el cabrón que preparó todo esto, dueño del Burdel.
A altas horas de la noche
logra apoyar su mejilla sobre su hombro izquierdo,
mientras su propio aroma a mujer
la adormece
de aquel recuerdo en donde los perros salvajes
hundían sus hocicos en su vientre
para mitigar sus fiebres.
Ni siquiera la transpiración del sueño
o los ladridos apilados
como ecos en el oscuro callejón la despiertan.
Durante el día pronuncia su nombre con recelo,
admite el exilio y se oculta en la sombra de su desgarro.
Y en las noches, en muy pocas noches
logra despertar de esa sucia realidad.
Ella sabe que el amor es un cabrón que tiene el rostro
de diferentes hombres
cada dos horas golpeando la puerta
y la rutina es sólo una enfermedad crónica
como el polvo de la tierra sobre el corte natural de sus entrepiernas
sepultando la sangre.
danie,
30 de Noviembre de 2017