danie
solo un pensamiento...
Extrañas costumbres
En mi barrio
practicamos las extrañas costumbres
de las mediocridades. No es que ser mediocre sea algo extraño,
para nosotros el vacío y la pobreza de entendimiento
es algo normal. Pero para el extranjero que llegó a mi barrio,
recorrió las calles
y se perdió en el misterio de las entrañas de los pasadizos
fue algo insólito. Tanto así
que el fantasma enajenado de la consciencia
cayó con sus alas y se lo llevó muy lejos.
Al menos eso se rumoreó “y luego
dicen que la consciencia ajena no vuela velozmente”.
La cuestión es que todos pasamos unos al lado del otro,
sólo los más viejos que nos conocemos nos saludamos.
Las ceremonias siempre son las mismas.
Inventamos símbolos heroicos
como si fueran salvadores del desamparo.
Nos desentendemos de nuestros pasos,
de nuestros propios charcos de mierda,
aun sabiendo
que a todos nos concierne el filo de la actitud.
Algún rastro de veneno dejamos en los desagües
al caerse de nuestras pupilas y flojitas braguetas.
Nos creemos libres
y eludimos nuestros propios fundamentos.
Es más
aún seguimos pensando… si dicho extranjero
no era de este planeta.
Lo discutimos tanto, a nuestra manera;
sin grandes sobresaltos, sin que se nos escape
palabra alguna, con la posibilidad de que
ante la viva réplica
muriéramos sin estridencias.
En mi barrio
practicamos las extrañas costumbres
de las mediocridades. No es que ser mediocre sea algo extraño,
para nosotros el vacío y la pobreza de entendimiento
es algo normal. Pero para el extranjero que llegó a mi barrio,
recorrió las calles
y se perdió en el misterio de las entrañas de los pasadizos
fue algo insólito. Tanto así
que el fantasma enajenado de la consciencia
cayó con sus alas y se lo llevó muy lejos.
Al menos eso se rumoreó “y luego
dicen que la consciencia ajena no vuela velozmente”.
La cuestión es que todos pasamos unos al lado del otro,
sólo los más viejos que nos conocemos nos saludamos.
Las ceremonias siempre son las mismas.
Inventamos símbolos heroicos
como si fueran salvadores del desamparo.
Nos desentendemos de nuestros pasos,
de nuestros propios charcos de mierda,
aun sabiendo
que a todos nos concierne el filo de la actitud.
Algún rastro de veneno dejamos en los desagües
al caerse de nuestras pupilas y flojitas braguetas.
Nos creemos libres
y eludimos nuestros propios fundamentos.
Es más
aún seguimos pensando… si dicho extranjero
no era de este planeta.
Lo discutimos tanto, a nuestra manera;
sin grandes sobresaltos, sin que se nos escape
palabra alguna, con la posibilidad de que
ante la viva réplica
muriéramos sin estridencias.
