Lírico.
Exp..
Barrankale kalea
Había una cocina
con estufa de leña.
Un mínimo salón
y una ventana
que daba al patio.
Justo enfrente
vivía un matrimonio
rondando los 70.
Uno sabía cuando
llegaba el hijo a casa,
porque el volumen
de la desesperanza
y la miseria humana
amenazaba
con trastornarte.
El tipo había estado
chutándose caballo
por ahí, varios días
y exigía dinero,
y el padre se cagaba
en cada oscuro hueco
de su alma.
Pasada la tormenta,
en veranito,
la vecina del cuarto,
a la hora de la siesta,
como una peli porno,
te la ponía dura
con esas ráfagas
de orgasmo indefinido
que usaba
para pagar
el alquiler.
Aquella calle era
-decían-
la peor de Vitoria,
aunque uno no tenía
tiempo para aburrirse.
Hay algo de ese mundo
que se quedó conmigo,
como un trozo de infierno
incrustado en las tripas.
Había una cocina
con estufa de leña.
Un mínimo salón
y una ventana
que daba al patio.
Justo enfrente
vivía un matrimonio
rondando los 70.
Uno sabía cuando
llegaba el hijo a casa,
porque el volumen
de la desesperanza
y la miseria humana
amenazaba
con trastornarte.
El tipo había estado
chutándose caballo
por ahí, varios días
y exigía dinero,
y el padre se cagaba
en cada oscuro hueco
de su alma.
Pasada la tormenta,
en veranito,
la vecina del cuarto,
a la hora de la siesta,
como una peli porno,
te la ponía dura
con esas ráfagas
de orgasmo indefinido
que usaba
para pagar
el alquiler.
Aquella calle era
-decían-
la peor de Vitoria,
aunque uno no tenía
tiempo para aburrirse.
Hay algo de ese mundo
que se quedó conmigo,
como un trozo de infierno
incrustado en las tripas.