Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Camino a la librería me detuve
debajo del puente de Churubusco, por el alto.
Había varios mendigos,
mujeres,
una indígena
con su típico envoltorio en el rebozo
colgado a la espalda
y dos niños revoloteando a su alrededor.
Pero la que me impactó fue una señora
como yo, vestida como yo, peinada como yo,
el gesto adusto, sin expresión, igual al mío.
Me sorprendió ver a una persona,
con aspecto de clase media, mendigando.
Me miró a los ojos.
Inmediatamente abrí la ventana
le di varias monedas,
sentí una gran necesidad de solidarizarme con ella.
Una leve inclinación de la cabeza
y fue al siguiente automóvil.
Era yo misma, mi reflejo.
Ejecutando su labor diaria
sin alegría ni pena
maquinalmente
porque hay que hacerlo
porque la vida sigue y sigue
y no podemos pararla
hay que llevarle el paso
siguiendo los ciclos,
un día, otro día,
monótonamente infernal.
debajo del puente de Churubusco, por el alto.
Había varios mendigos,
mujeres,
una indígena
con su típico envoltorio en el rebozo
colgado a la espalda
y dos niños revoloteando a su alrededor.
Pero la que me impactó fue una señora
como yo, vestida como yo, peinada como yo,
el gesto adusto, sin expresión, igual al mío.
Me sorprendió ver a una persona,
con aspecto de clase media, mendigando.
Me miró a los ojos.
Inmediatamente abrí la ventana
le di varias monedas,
sentí una gran necesidad de solidarizarme con ella.
Una leve inclinación de la cabeza
y fue al siguiente automóvil.
Era yo misma, mi reflejo.
Ejecutando su labor diaria
sin alegría ni pena
maquinalmente
porque hay que hacerlo
porque la vida sigue y sigue
y no podemos pararla
hay que llevarle el paso
siguiendo los ciclos,
un día, otro día,
monótonamente infernal.
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