NiñaSanctuary
Poeta adicto al portal
Amo ese camino suave que cruje.
Ese que delata del bosque su tiempo,
ese que anuncia, quizás, un encuentro
con la misericordia, dondequiera perdida.
Amo mirar la luz cuando se cuela
entre las hojas secas de los arbustos,
cuando destella y señala, tan certera,
ese camino blanco que me deslumbra.
Por encima de todo,
que casi siempre es insuficiente,
en lo más negro y profundo
del inconsciente,
aún hay un espacio tibio,
despejado, en la retina,
que permite contemplar el milagro
de aquella luz simplemente divina.
Y ahí, debajo del polvo y las piedras,
de la costra de concreto y metal,
yace el féretro de mi conciencia,
la tumba en vida, de mi inocencia,
que puede con aquella luz,
una tierra húmeda sembrar:
La tierra, que es el alma libre…
El sol, que es caricia para enamorar.
Por eso yo amo ese camino suave
que cruje cuando mis pasos sobre él se han de anidar,
que encuentro cuando ansío urgente soledad,
y que por ironía me haga sentir acompañada.
Un camino blanco, en medio de la ciudad.
Una pausa a la vida, un espacio para meditar,
para agradecer, para restaurar
mi pequeño paraíso que agoniza,
en un mundo de venenosa incredulidad.
Ese que delata del bosque su tiempo,
ese que anuncia, quizás, un encuentro
con la misericordia, dondequiera perdida.
Amo mirar la luz cuando se cuela
entre las hojas secas de los arbustos,
cuando destella y señala, tan certera,
ese camino blanco que me deslumbra.
Por encima de todo,
que casi siempre es insuficiente,
en lo más negro y profundo
del inconsciente,
aún hay un espacio tibio,
despejado, en la retina,
que permite contemplar el milagro
de aquella luz simplemente divina.
Y ahí, debajo del polvo y las piedras,
de la costra de concreto y metal,
yace el féretro de mi conciencia,
la tumba en vida, de mi inocencia,
que puede con aquella luz,
una tierra húmeda sembrar:
La tierra, que es el alma libre…
El sol, que es caricia para enamorar.
Por eso yo amo ese camino suave
que cruje cuando mis pasos sobre él se han de anidar,
que encuentro cuando ansío urgente soledad,
y que por ironía me haga sentir acompañada.
Un camino blanco, en medio de la ciudad.
Una pausa a la vida, un espacio para meditar,
para agradecer, para restaurar
mi pequeño paraíso que agoniza,
en un mundo de venenosa incredulidad.
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