Campo Grande

miara

Poeta asiduo al portal
Descubro el sendero
que a tu paisaje me lleva,
cubierto de margaritas;
de césped,
gemelo del jade,
lleno de insectos
que la tierra recorren
con deliberada indiferencia.

Oye de la fuente de piedra,
el rumor y gorgoteo
del agua que cae
con su calma paciencia,
mientras las risas,
los pasos,
se acercan.

Vívido es el marco,
donde la memoria vuela,
orlado de la energía
de los sueños que comienzan,
de lo que inmortal
en el espacio queda.

Aun puedo ver
la sombra
de vuestras figuras quietas,
sentadas sobre el rojo banco,
de atardeceres de siesta,
de bocadillos preparados
para consumir a la fresca.

Tú, apoyado en tu bastón;
Ella, con la mirada puesta
en mis saltos,
en mi curiosidad
por lo que me rodea.

Los patos sobre el estanque
se deslizan;
los peces asoman
su cabeza hambrienta;
los pavos reales presumen
y los abanicos de sus colas
al sol despliegan,
mientras el puesto de helados
se llena
y el hombre de los barquillos
Su mercancía pregona.

Zapatillas de tela roja,
de lunares el vestido blanco,
pamela de colorada rafia,
todo moviéndose
sobre el camino,
donde se ocultan
algunas babosas.

Charlas intrascendentes
de niños
que comparten vivencias,
de sonrisas
que fácil prenden,
mientras van a explorar
los secretos,
que entre las piedras de la gruta,
se encuentran.

El pétreo ángel vigila,
tocando para siempre
su inseparable trompeta,
mientras su mirada
asciende al cielo,
como un vigía
que exiliado en la tierra,
suspira.

Columpios y toboganes;
arena;
pájaros que chillando
se entrecruzan
cuando el crepúsculo llega.
La oscuridad desciende,
y así, las tres figuras
se despiden
de los recuerdos de la tarde,
para al día siguiente,
reiniciar la misma rutina.
 

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